Google+ Taller de Escritura Creativa de Sevilla: octubre 2011

Somos palabras, Marisol Herrera

¿Por qué o para qué escribo?
La verdad es que comienzo a escribir este ensayo sin mucho convencimiento. Puedo indagar en los motivos que me han llevado a escribir e incluso situarlos en un contexto: histórico, social, biológico o, tal vez, llevarlo al terreno de lo personal. Puedo preguntarme por las razones y especular con ellas para tratar de dar coherencia y sentido a algo vivido de forma natural. Nunca me he parado a hacerme esta pregunta, pero me gusta lanzarme a la aventura de tratar de responderla. Aunque quizás mi fascinación por la literatura es precisamente su naturaleza misteriosa, escurridiza, que nace y muere en el mismo tiempo en que se produce.

"Marisa" (Raul Nieto Guridi - guridi.blogspot.com)
            
Alguien me dijo una vez, en una de esas encrucijadas de la vida, refiriéndose a un asunto sentimental: “Primero se quiere y luego se pregunta por qué”. La frase me sorprendió y en su momento no la entendí. Pero trasladando esta sentencia a la escritura,  justifica mi rechazo a atender, digamos, a razones. No quiero saber de manera expositiva el por qué de esta extraña pasión. Como tampoco quisiera que la ciencia terminase por saber, a ciencia cierta, por qué se ama, aunque ya cada vez cree estar acercándose a explicaciones muy concretas y parámetros medidos sobre sus fechas de caducidad, su contenido químico, su baile hormonal, sus formas sociológicas y culturales. Pero cada uno inventa su propia historia emocional como su propia idea del amor. Su ambigüedad, y a la vez, su particularidad, nos hace más libres.
            Pero… si debo explicarme, ¿en qué términos me explico? No hay en la vida de nadie una secuencia lógica, a no ser que así lo quiera. Ni tan siquiera en la construida por una colectividad. Al contar, seleccionamos e interpretamos. No tendré otra manera. Aunque este texto sea un ensayo, quizás tenga que recurrir a mi pasado para responder a mi presente.  La pregunta me alude. Pero quizás no haya un hilo conductor, sólo recuerdos, que caen como cartas lanzadas al aire, mezcladas, boca arriba, o pegadas al suelo.
Muchos estudios han rastreado la habilidad de narrar en el hombre y las formas de sus relatos. Contamos las cosas, las enumeramos, las etiquetamos, les damos un nombre, las pronunciamos, tratamos de hacernos entender y de ser inteligibles. Pero nos debatimos entre el impulso de comunicación y su imposibilidad. Creo que de ahí parte mi escritura. De tratar de aprehender el mundo y entender el comportamiento humano. Y eso se consigue con la experiencia. La literatura también es una experiencia. Algunos autores consiguen mediante recursos expresivos traernos a la conciencia nuestras intuiciones. Al leerlos tenemos la impresión de descubrir aspectos ocultos de la vida. A mí al menos me ocurrió así y me sigue ocurriendo. Recuerdo mi fascinación por Huxley. Su capacidad para introducirse en la mente de los personajes y describir cómo se desenvolvían en una determinada época secuestraba mi atención. No sentía el paso de las horas y penetraban en mí sus sutiles percepciones como una implosión de lucidez, que a veces me hacía leer y releer una y otra vez una frase o una descripción, una escena o una metáfora. Y admirar profundamente.
Desde muy pequeña me ha gustado leer y que me contaran cuentos. Como a casi todos los niños. Tuve la suerte -y por eso lo refiero- de cruzarme en mi vida con un profesor de escuela que me marcó para siempre. Algunos días a la semana nos sorprendía con una en apariencia angustiosa tarea para el día siguiente llamada Texto libre. ―Para mañana, Texto libre―. Y con cierta extrañeza no reconocida leíamos unos y otros nuestros textos especialmente atentos, al menos yo. A su vez, recuerdo un libro de poesía para niños ilustrado, de Federico García Lorca. Dejaba una página en blanco para que pudiésemos dibujar y escribir un poema. Era toda una invitación.
            Estoy tratando de explicar a través de la razón un aspecto de mi vida, como es la literatura, que va más allá de lo racional. No hay una sola causa, ni causa-efecto, ni siquiera sé si hay causas o sólo se trata de un gusto, una atracción por algo que me proporciona un intenso placer. La razón, la lógica, es sólo una línea que atraviesa como una vena la complejidad del organismo humano, pero no hace funcionar todo el conjunto ni explica todas sus motivaciones y acciones.
            También me veo a mí misma subida en una silla explorando una estantería poblada de libros, escogiendo uno al azar y llevándomelo a mi cuarto como un tesoro robado. Quizás fue una especie de confianza que me tomé demasiado pequeña con personas de todo tipo que se atrevían a manipularme a través de páginas escritas. Puede que hubiese también cierta predisposición en mi carácter, una mezcla de timidez y curiosidad. Esto me hacía consciente de las dificultades que entrañaba el intercambio con otras personas del propio mundo, un mundo observado en ocasiones desde la extrañeza. O quizás es que se acercaba la adolescencia. Se da la contradicción de una arrebatadora curiosidad por el mundo y a su vez un cuestionamiento de la mayoría de sus normas.          
Siempre me había gustado hacerme la dormida mientras los adultos charlaban a altas horas de la noche sobre diversos temas, escuchar sus conversaciones desde el privilegio de parecer ausente revela mi verdadera vocación: la de espía. La sospecha de que más allá de la apariencia, de las acciones y comportamientos visibles de los hombres había un mundo privado de intenciones secretas, sentimientos no expresados, deseos, sueños no cumplidos, y, el acceso a ese misterio, era posible a través del diálogo con los libros. Ese diálogo se iba confundiendo con  un diálogo íntimo y fue convirtiéndose en una mirada cada vez más deformada por la literatura.
Leyendo podemos escuchar una voz que nos va revelando lo común a todos y a la vez lo singular, lo irrepetible de cada uno. Es una puerta a lo inaccesible. En cuanto a la escritura, distingo entre una escritura privada, que nunca he dado a leer y que comenzó en forma de cartas, cuentos, poesías y diarios o, como yo digo, cuadernos con fechas, y otra escritura que comencé a mostrar a otros cuando alguien tiró de mí. Mis primeros escritos, quizás, contenían también un principio de utilidad, de supervivencia o de disfrute más amplio y rico de la vida. Hablarme a mí misma y hablar como otro. No he tenido nunca ninguna pretensión concreta con mi escritura, ninguna finalidad pensada. Encuentro en la expresión literaria una manera de ampliar significados, de contemplar el mundo desde otros puntos de vista, de renombrar las cosas con otros matices distintos a los ya existentes en los diccionarios. Simplemente vivir otras vidas y perder la noción del tiempo y de mí misma.
Un día leí en un periódico un anuncio. Taller de Escritura. Me informé y me aventuré. A partir de ese momento comencé a escribir en forma de relatos y supe que podía aprender una técnica y mejorar. Hay entonces una voluntad de crear, sabes que otros te leen y procuras cuidar más lo que escribes. Para mí, lo mejor de escribir relatos es poder olvidarme de todo mientras estoy escribiendo. No es que vaya totalmente a la deriva, hay reglas del juego, digamos, que he interiorizado a través de la lectura, pero, la mayoría de las veces, aunque suelo partir de una idea, la escritura se va abriendo paso en el papel y los personajes viven y me sorprenden. Sin esa sorpresa no me gustaría escribir. Todos somos muchas personas a la vez, de ahí la posibilidad de intercambiarnos por otros en la escritura. No me gusta escribir sobre mí misma de manera autobiográfica, al menos en lo que se refiere a los textos que comparto y que adoptan forma de cuento. Prefiero recurrir a la imaginación, aunque su materia esté contenida en mi propio cerebro, es inevitable.
No sé si he respondido a la pregunta de por qué escribo, quizás mejor me he respondido a la de por qué sigo escribiendo. Con el proceso de aprendizaje disfruto, cada propuesta me motiva y, ahora, hago una doble lectura cuando leo a quienes han sabido expresarse con grandeza, con maestría. Una por puro placer, que en ocasiones me reconcilia con el mundo a través de la sensibilidad y la inteligencia, y otra, para seguir aprendiendo. Mejorar, explorar las posibilidades que el lenguaje nos ofrece y comprobar que el ser humano es complejo, tan contradictorios otros al menos como uno mismo. A veces, la lectura y la escritura es como mi refugio, cuando creo que todo lo demás me falla. Entonces se produce ese contagio de humanidad (con lo mejor y lo peor, lo que somos) a través de los libros y vuelvo a lo cotidiano con más firmeza.

¿Por qué no preguntarse 100 porqués?, Marisol Herrera

¿Por qué siempre hay un por qué detrás de todos los por qué?
¿Por qué no podemos imaginar ningún color que no hayamos visto?
¿Por qué no podemos recordar voluntariamente algo que no nos sea recordado por la memoria?
¿Por qué no podemos ir a la caza de algún recuerdo nuevo?
¿Por qué nos vienen recuerdos de manera insistente?
¿Por qué no podemos dejar la mente en silencio cuando queremos?
¿Por qué no podemos traducir el pensamiento como si fuese translúcido?
¿Por qué a veces no sabemos lo que queremos decir hasta que lo decimos?
¿Por qué no aprendemos  a veces aun sabiendo los por qué?
¿Por qué a veces somos más felices sin saber los por qué?
¿Por qué a veces somos más felices sabiendo los por qué?
¿Por qué me gusta el amarillo?
¿Por qué nos da miedo el otro?
¿Por qué es placentero conocer las intenciones secretas?
¿Por qué a veces me gustaría ser invisible?
¿Por qué no podemos imaginarnos (representarnos) el infinito?
¿Por qué la realidad a veces parece un sueño y un sueño la realidad?
¿Por qué un olor duele tanto en la memoria?
¿Por qué en verano se renuevan y reviven todos los veranos?
¿Por qué no somos capaces de inventar un sistema de convivencia mejor?
¿Por qué es la imagen en movimiento tan hipnótica?
¿Por qué nos malinterpretamos?
¿Por qué nos dañan las palabras?
¿Por qué es una pregunta sin respuesta?
¿Por qué la lucidez y por qué la confusión?
¿Por qué los niños preguntan de todo los por qué y de adultos se nos agotan?
¿Por qué a veces vivo en los libros?
¿Por qué nace una emoción?
¿Por qué nos conmueve la música?
¿Por qué no podemos viajar en el tiempo?
¿Por qué el tiempo se espacia en la mente en un instante de plenitud?
¿Por qué cabe un mundo en una materia que apenas podemos ver?
¿Por qué inventamos la medida del tiempo?
¿Por qué es curiosidad o por qué es un lamento?
¿Por qué a mí?
¿Por qué a él?
¿Por qué no hay respuestas para esos porqués?
¿Por qué somos Yo si podríamos ser cualquiera?
¿Por qué ponemos nombres a todas las cosas?
¿Por qué hay cosas para las que no hay nombre?
¿Por qué a veces media un abismo entre lo que se quiere decir y lo que se dice?
¿Por qué no sabemos lo que ocurre a veces en nuestro propio pensamiento?
¿Por qué se decide el cerebro a hacer un movimiento tan rápidamente que no sabemos por qué lo hace?
¿Por qué hacemos cálculos sobre un universo que ya no existe tal como lo percibimos?
¿Por qué nos engañan las estrellas?
¿Por qué creemos que el resto del universo sigue existiendo si lo que vemos ya se ha extinguido o modificado?
¿Por qué el cielo chorrea tiempo falso de estrellas?
¿Por qué el pasado, el presente y el futuro son a veces indistinguibles?
¿Por qué siempre escribo a veces?
¿Por qué sólo entendemos que hemos entendido cuando hay dificultad para entender?
¿Por qué no triunfó el surrealismo?
¿Por qué nace una idea?
¿Por qué esa idea y no otra nos empuja a escribir?
¿Por qué prefiero los cómo a los por qué?
¿Por qué sentimos fascinación por alguien?
¿Por qué hay personajes literarios con los que convivimos como si fuesen personas?
¿Por qué nos tenemos que recordar de vez en cuando que estamos vivos para creérnoslo?
¿Por qué a veces todo ocurre a una velocidad que desafía a los relojes?
¿Por qué separamos en categorías lo íntimamente mezclado?
¿Por qué volvemos a mezclar lo que hemos separado en categorías?
¿Por qué somos tan pendulares?
¿Por qué dudamos tanto?
¿Por qué nos reconocemos en la duda?
¿Por qué a aprender le llamamos equivocarse?
¿Por qué a experimentar una y otra vez le llamamos error?
¿Por qué está tan mal visto el error?
¿Por qué no luchamos más por ser menos sumisos, más libres, menos condicionados por las convenciones que no hemos convenido?
¿Por qué cuando actuamos contra el miedo, a veces el miedo no era nada?
¿Por qué me gustan las sorpresas?
¿Por qué prefiero la creencia en el azar que en el destino?
¿Por qué creo en un ser humano múltiple, indefinido, que existe en el cambio?
¿Por qué cuando estoy a solas reconozco una voz como sólo mía, íntima y firmemente arraigada en mí como mis propias células?
¿Por qué si sentimos dolor no podemos sentir como nuestro el dolor ajeno?
¿Por qué deseamos?
¿Por qué actuamos a veces bajo el imperio de la necesidad y otras cuando es innecesario?
¿Por qué nos llamamos animales racionales cuando no buscamos soluciones orientadas por la razón para no desaparecer como especie?
¿Por qué endiosamos la razón o la sinrazón?
¿Por qué creemos que razonamos cuando sólo opinamos?
¿Por qué no aprendemos el procedimiento de pensar y sólo coleccionamos lo ya pensado?
¿Por qué es tan difícil seguir el camino que sigue una idea desde que nace hasta que muere o se expresa?
¿Por qué tenemos que vigilarnos tan de cerca para no convertirnos en lo que no queremos ser?
¿Por qué existen sentimientos que nos destruyen?
¿Por qué me reconforta leer sobre las contradicciones humanas?
¿Por qué somos contradictorios?
¿Por qué la poesía me acerca más a la existencia?
¿Por qué a veces manejamos peor las situaciones cotidianas que las situaciones límite?
¿Por qué me hago todas estas preguntas en plural cuando soy yo, una sola persona, la que se las hace?
¿Por qué necesitamos símbolos?
¿Por qué nadie llega a entender cómo funciona la Bolsa?
¿Por qué el azar es como una norma de la vida?
¿Por qué creemos que lo que le pasa al otro no nos tocará a nosotros?
¿Por qué todavía no hemos reconocido otra mutación genética en ninguna especie?
¿Por qué nos hemos dejado moldear por un electrodoméstico televisivo?
¿Por qué la televisión atrae tanto nuestra atención?
¿Por qué vivimos con tantas rutinas cuando la vida es algo prodigioso?
¿Por qué son tan morbosos los telediarios?
¿Por qué nos seguimos considerando animales racionales?
¿Por qué necesito a veces la soledad y otras veces huyo de ella?
¿Por qué resurgimos de alguna manera a la adversidad hasta el momento final de nuestras vidas?
¿Por qué Israel Pintor nos ha sugerido hacernos estas cien preguntas?
"Una sombra sin dueño" (Raul Nieto Guridi - guridi.blogspot.com)

La tinta que pasea, Marisol Herrera

En el tren
El vaivén del tren me adormece mientras escucho el dulce y arrastrado susurro de la “ll” de los tres viajantes portugueses. Han subido hace poco, sin hacer mucho ruido y ahora resuenan como una música exótica y, a su vez, cercana. Sueños de paisajes no vistos se cruzan con éste que, tras la ventana, se escapa siempre de mí. Casas aisladas, alpendes en ruinas, tierra amarilla, árida, rastrillada, olivos plateados al sol. Hacia atrás van, diciéndome adiós.
Acabo de dejar al protagonista del libro que estoy leyendo en plena ascensión escarpada a su sanatorio. Presiento que algo le va a ocurrir, pero él todavía no lo sabe. Como yo tampoco sé que será de mí, aunque mi billete de tren ya esté cerrado: ida y vuelta. En mi mesita desplegable, compongo mi escritorio privado. Es extraño, es como viajar en un hotel donde todos somos desconocidos, pero en el cuál, nadie está solo. Cada vez que viajo en tren me envuelve la sensación de haber ingresado en una dimensión múltiple, en una gran metáfora del tiempo, de la vida. Intento trasladar estas sensaciones a mi libreta de bolsillo. Pero siempre se me escapa algo, y ese algo es lo que me empuja a escribir. He comprado la libreta a toda prisa, en la estación, porque se me olvidó guardar la que siempre suelo llevar en el bolso. Suelo buscar la más pequeña posible para poderla llevar siempre conmigo, como mi disco extraíble ya casi anacrónico. Prefiero la página en blanco, pero ésta vez, me han vendido una libreta cuadriculada, como de colegiala.     
Sobre mi bandeja-mesa descansa La montaña mágica, de Thomas Mann. Uff. Sí. Todo el mundo emite un Uff cuando le digo que lo estoy leyendo. Es como si se quitaran un gran peso de encima. Algo que no entiendo muy bien. Después de todo, soy yo quien lo va a leer y disfrutar. Ya sé. Es un libro extenso, pero la gente lee sagas enteras de una primera parte y nadie dice Uff.
La verdad es que dudé si llevármelo o no de viaje. No es muy apropiado por su peso. Pero, con sus artimañas el autor me convenció. Hans Castorp, su protagonista, me había envuelto en una sugerente subida en tren hacia un lugar desconocido. Un paisaje de montaña, de garras heladas, de abetos frondosos entre islas de roca. Por otro lado, en la portada del libro, la fotografía de una tumbona de madera sobre un fondo amarillento invitaba a soñar. Soñar con lo que uno haría si hace lo único que se debe hacer en una tumbona: soñar. Soñar con la vida que está por venir.
Desde mi ventana del tren, el paisaje que está por venir, llega a tal velocidad que ya se ha ido, y sin embargo, siempre ha estado ahí. Me fascinan los cobertizos, los establos como improvisados, hechos de tablones metálicos y de madera, los torreones semiderruidos, las fábricas desoladas en medio de ese mundo rural proyectado como una película sobre mi ventana de alta velocidad. Anoto a toda prisa, para que no se me escape lo que quería decir. Ideas, reflexiones, posibles desarrollos o finales para un relato, frases sueltas de algún libro,… Es mi cuaderno de combate. A veces, hago dibujos o esquemas. Me ayudan a entender algún tema sobre el que escribo o quiero escribir. Me permito el lujo de deformar mi letra hasta lo ilegible. Garabateo: “Viajar en tren tiene algo de mágico, de aventura. De tiempo fugitivo y recuperado, como un paréntesis. Me invade la sensación de vivir en tiempos y espacios paralelos y simultáneos, híbridos, indisolubles e inconsolablemente distantes. Tiempos y espacios que convergen y se separan para volverse a encontrar en éste único punto matemático: mi voz”.
Un niño corretea por el pasillo del tren. ―Está aprendiendo a andar― Me ha dicho su madre sonriéndome. Lo alcanza y se le vuelve a escapar. Ríen los dos. Ella se agacha y lo retiene. Su pelo lacio cae sobre el del niño, muy rizado. Rubios los dos. Me llega la voz altisonante de alguien anónimo, desde un asiento delantero, hablando por el móvil. Llegará a Madrid hacia las siete y ya allí Luis lo estará esperando. No. Todavía no le ha dicho nada sobre el asunto de la cena. Bueno, ya se verá. No. Vale. Es así y punto.
En mi bandeja, el café da vueltas sobre sí mismo en un vaso de plástico, frágil y blanco. Leo un rato, pero la entrada en un túnel me interrumpe. En el reflejo del cristal asoma la imagen de mi compañero de viaje, justo del asiento delantero, tan silencioso que sólo ahora sé que existe. Teclea sobre un pequeño ordenador portátil. La pantalla resplandece un instante. Su perfil se esfuma. Vuelve la luz. Atardece. Pronto llegaremos a Atocha.

Notas en un café
            No es muy habitual que yo escriba en una cafetería porque así lo haya decidido, pero en algunas ocasiones, mientras espero a alguien y me encuentro sola, me precipito sobre el cuaderno. Rebusco en el bolso un bolígrafo, que casi siempre se resiste a aparecer, perdido entre las llaves, las gafas, la cartera. Camino de la cafetería, el espectáculo de la calle es tan variopinto, tan luminoso, que me arrepiento de no haber hecho ni una sola fotografía. Y ahora, al ponerme a escribir es como si ya se me hubiese ido ese instante poderoso captado o perdido para siempre cuando uno se empeña en fotografiar algo, como si uno pudiera forzar a la máquina a retener lo que ya ha visto. No hay nada literal. Sólo puedo valerme de mi observatorio particular. Mi memoria.
            Es un día de septiembre, por la mañana. El calor es soportable y el aire no es demasiado húmedo. Por la calle me cruzo con gente en bicicleta, paseantes con distintos acentos e indumentaria que admiran iglesias, balcones, rincones de la ciudad y a otros paseantes. Hay cierto ambiente festivo y un acompasado bullicio general. El tranvía serpentea por la calle. La gente se aparta tranquilamente, acostumbrada a su ir y venir. Un mimo esboza una sonrisa desde su pedestal, todo de blanco, petrificado desde la última moneda depositada en su caja de cartón. Me paro un rato a escuchar a un violinista vestido como de orquesta, delante del escaparate de una zapatería. Una melodía envolvente y melancólica contrasta con el ajetreo de la gente que entra y sale con bolsas de las tiendas. Me voy alejando, pero la música viene conmigo hasta que dejo de oírla. Atravieso por una callejuela. Agradezco la sombra y llego a la cafetería.
            Pequeña, con unas cuantas mesitas en el exterior, da a una placita escondida entre muros altos. Es un rincón romántico. Uno podría imaginarse a Bécquer rimando en el banco adornado por la enredadera, entre dos columnas desconchadas. En el recóndito silencio de la plaza un pájaro canta solitario y  la risa de unos niños levanta el vuelo. La mesa es de hierro forjado, sus patas se retuercen en espiral. Sobre su cristal esmerilado trazo las notas de aquella melodía. Aún permanece, como una banda sonora imperceptible. Quizás haya estado componiendo, silenciosamente, mi ánimo. Por eso tacho, escribo, subrayo, insisto en alumbrar las frases de un pentagrama esquivo. Señalo con una flecha, una llamada de atención, un asterisco al que volveré más tarde. Ahora me divierto observando a un chaval empeñado en hacer equilibrios sobre su patinete, que sale disparado y choca contra el banco donde Bécquer podría haber escrito una de sus leyendas.

En mi sillón
            Ahora sí que me dispongo a escribir. Después del café, me entierro tras una muralla de libros, con sus puentes, fosos, dragones, arqueros lanzando flechas al aire para traer las palabras y clavarlas en el ordenador, oteadores del enemigo tofu, y un puente levadizo, todo un despliegue para mi juego preferido. He montado ya mi campamento, siempre más libros de los que después me da tiempo a abrir. Pero los necesito a todos. Unos me acompañan invariablemente, otros son un romance temporal y otro capricho de miradas furtivas. Un diccionario de sinónimos, otro ideológico, de María Moliner, a veces, uno muy antiguo de Casares y otro de dudas lingüísticas. Una Antología del cuento Norteamericano, seleccionado por Richard Ford, Castilla, de Azorín, La selva del lenguaje, de J. Antonio Marina, Cuentos Completos, volumen I, de Cortázar, unos fascículos sobre El oficio de escribir, El arte de la ficción de Jhon Gadner,… Todos los días me propongo no rodearme de tantos libros, porque a veces me abruma, me disperso, pero en otras ocasiones me siento rodeada de buenos amigos. Unas veces charlamos y otras me hacen compañía en silencio. A veces, abro un libro por cualquier página, al azar y ahí está la frase, la expresión, la explicación que buscaba. Como quien abre la Biblia y cree que ésta le indica su destino. En mi caso es al revés, no el destino, el azar marca mi escritura. Soy como una esponja y todo me sirve, son consejos de maestros. No es puro azar. Es mi estado de ánimo mi mejor pluma, mi mejor escritorio, mi cuaderno mejor escogido. Un estado de ánimo que no sabría precisar, pero sé reconocerlo.
            Sobre mi mesa portátil, tengo siempre a mano un pequeño cuaderno, codiciado por mis sobrinos y vigilado por mí. Les encanta por lo diminuto que es y porque está lleno de palabras sueltas, con tinta de distintos colores. Su portada es un dibujo de líneas negras, moradas y amarillas, hechas con aerógrafo. En su interior he atesorado, lentamente, vocablos que no conozco, que no utilizo o en desuso: traíñas, pusillo, rebuño, zarramplín… Lo custodio en el cajón de mi mesita de noche.
            Mi otro cuaderno, mayor en escala, pero aún pequeño, es el de mis frases preferidas. De pasta dura, un cartón marrón con labrado oscuro y relieve en oro imita un libro antiguo, barroco, con su cinta roja separadora. Entre las frases más memorables recogidas, ésta: “La explicación más imposible es la más probable”, de Ockham.

A mayor escala, incluso interplanetaria, el ordenador portátil, donde escribo los relatos y las propuestas del Taller de Escritura. Trabajo un texto, lo grabo, lo imprimo, lo releo, lo  corrijo y lo abandono unos días. Le cojo manía, se lo doy a leer o envío a mi pequeño círculo de lectores, pidiéndoles su crítica. Apunto sus sugerencias, lo modifico y lo vuelvo a guardar.   
En mi cuarto de estudio
Sobre la mesa, un cuaderno con possits y pegatinas, señaladores para marcar las páginas, una girafa abrecartas, postales -una de Fuerteventura y otra de Dubrovnic-, recordatorios con chinchetas sobre un panel de corcho, cajas de clics, dos atriles: uno de madera y otro metálico, separadores de libros: en uno, una niña vestida de blanco asoma entre olas azules, fragmento de una pintura de Sorolla, en otro los cuentos de mi tío Cheía, otro es un sol metálico. Compraría papelerías enteras.
Regados por la cama: carpetas, edificios de libros en delicado equilibrio, cajas. Una bola del mundo. Detrás, una librería. Un enorme pañuelo de pared, con un elefante y motivos hindús. Junto a la ventana, un dibujo a lápiz de una sirena. Tengo que decir que estoy de mudanza. Aunque ese aire de provisionalidad siempre me ha gustado. Sólo yo sé dónde está cada cosa y oscilo entre el orden y el desorden. En su nuevo destino, voy colocándolo todo cuidadosamente         
Mi cuaderno con fechas, mi diario, con pluma, a otra velocidad. Sus hojas satinadas me invitan a confesarme. En él me riño. Corrijo mi conducta, me hago promesas, ironizo, me río de mí misma, improviso sueños, recojo anécdotas cotidianas o me hago la trágica. En fin, dirijo mi propia orquesta. A veces, soy un melancólico solista en la noche, otras un alocado trompetista de jazz. La tinta, a través de mi mano, fluye como sangre negra. Es una escritura más fisiológica, lenta o frenética, acompasada a mí a través de los años. Escribí un breve relato, cuyo título sugerido por un profesor era: “Memorias de una pluma estilográfica”, y en él expresaba esta idea.
En mi cama, un rato antes de dormir
 Sobre la mesita de noche, Jaime Gil de Biedma me ilustra, me llama desde sus poesías y su diario. En un cajón, acuesto a mi cuaderno de palabras otra vez. A veces, me sorprendo a mí misma corrigiendo mentalmente algún párrafo. O me asalta una idea y la apunto rápidamente en mi libreta. Otras, debo confesar que, medio dormida tecleo con la uña en el minúsculo bloc de notas de mi móvil. Y por fin, el sueño tejerá las ficciones más perfectas.

Miríadas 3, de Álvaro Parrilla Álvarez

Comparto con ustedes este corto escrito y dirigido por Álvaro Parilla Álvarez, uno de los actuales alumnos del curso completo del TEC. No se lo pierdan, vale mucho la pena. Actualmente participa en el 1er concurso andaluz de creación audiovisual universitaria y podría ser el ganador si votan por él. Para votar, ir aquí.