Google+ Taller de Escritura Creativa de Sevilla: octubre 2012

Tic-taC, Isabel Pérez


Soy

ALGUIEN

a quien le

gusta complicar

las cosas sólo un

poco más. Porque,

¿qué emoción tiene

limitarse sólo a lo que

se supone que debes hacer?

Soy…no sé, ¿tú que dices?

Soy…bueno, ¿y quién eres tú?

¿Y qué derecho tienes para venir

esperando una respuesta sin pedirla?

Soy ésa que está dando vueltas y más

vueltas para evitar el centro de la cuestión.

Tal vez debería empezar por lo que NO soy,

o a lo mejor debería callarme la BOCA un rato.

O mejor aún, cállate tú. Por lo que a mí respecta

soy tu madre hasta que se demuestre lo contrario,

y lo que menos importa es que yo sea joven y tú, tú

tal vez no. El reloj también funciona para mí, ¿sabes?

Tic-tac. Tic-toc. Me angustia sólo la mitad que a ti, sí,

pero por lo menos el doble de lo debiste angustiarte TÚ.

Culpa mía por pasar tanto tiempo sentada mirando al vacío,

por empañar tus cristales con aliento de menta ajada, por ser

una señorita de esas OTRAS esquinas, de esas sin faroles rojos

en las que apenas si hay luz; sin mirar a los ojos de los transeúntes

ocupados con sus vidas, sino que vuelta a las paredes nauseabundas

centra en los ángulos grises toda su atención. No sé si me explico bien

y desde luego no me importa: soy una ameba que puede vivir sin usted

(entendiendo vivir como realizar mis funciones vitales, o al menos una de

las de tres); primero existir para luego empezar a ser, para luego haber sido,

para luego dejar de ser, para acabar siendo un montón de escombros cansado

de lo que queda de su ombligo y de comenzar sus poemas con la palabra “soy”.

A la hora de la verdad, cuando no quede escapatoria para tus huesos, o los míos;

cuando se nos haya agotado el tiempo, me  preguntaré…si tú también lo pudiste ver.

18 de octubre, 2012, Anar Reina


Se me viene a la cabeza la imagen de una sabana, de un vasto páramo en la profundidad africana. Un safari –sólo a través de él puedes vivir como espectador lo que te sería ajeno de modo absoluto. Y sentir la tierra vibrante, percusiva, la que hace piruetas entre los curvos cabellos de los que allí danzan. La estructura es sencilla. Me centro en la naturalidad de su organización. Todos allí tienen un lugar, y los demás lo saben. Respetan. Cuando el león alfa ruge, todos en la manada le escuchan. Cuando la más grácil de las cebras apenas siente un leve impacto en el aire, corre, huye. Las demás confían en el instinto de su compañera, saeteando de inmediato tras su huida. Saben, sin ver, que hay un peligro. También el elefante sabe sin más que parirá una cría 20 semanas ha. En su vientre guarece la cría y la semilla axiomática que le hace ser una criatura alojada en el instinto. Y mientras tanto, los geólogos hipotetizan sobre el tiempo y sus retrasos a causa de la velocidad del giro de la Tierra ¡Qué cosas! Tantas partes en la ciencia son futilmente humanas. Como el escolapio que no dice nada rezando a la Meca. Como la sacarina que endulza exponencialmente, y da cáncer en los ratones de experimento.
Pienso en esto y se me queda engarzado al instante con lo que representa para mí la escritura. Supe encontrar mi percusión africana en ella. Mi lugar. A resultas, sentía que algo se me presentaba como sostén, como agarradera que una primera vez fue furtiva e iba con lentos tientos haciéndose fiel, precisa para recomponerme. Me hacía escuchar mi instinto como no me atrevía a escuchar en la espontaneidad de la calle. Me multiplicaba los momentos para reír y para saberme en el silencio amable de una pieza de papel.
Y desde este lugar en que me autorizaba a mí misma, aprendí, sigo aprendiendo a sentirme, a expresarme, a escuchar –aunque al principio sólo fuera el eco sordo de mi voz. A dejarme un hueco que sepa con palabras acerca del vacío. Ese vacío impronunciable, un temido forajido de la especie humana.

Han sido muchos los momentos diferenciados en mi forma de escribir y éstos hablaban. A veces más por lo que no decían que por lo que decían. Mostraban sobre esas variadas etapas por las que me iba transitando, me dejaba transitar. A mi pesar, me dejaba arrastrar, así como cuando la marea se deja seducir por el influjo de la Luna. O me mecía, me hacía inconsciente, me perdía para quererme encontrar. O cuando me declaré un destino como leimotiv.
Cuando adolescente, empleé la escritura como foco de mi exploración, también como aspersor de mi explosión. Todo era demostrar. Relativo al deseo por lo nuevo, el exhibicionismo, lo barroco, el manierismo. Me sentía como si hubiera sido nacida –así en literal traducción inglesa- en otra época. Y me oía y me sonaba bien, iba y venía sin más. Ahora recuerdo a Juan Ramón cuando hablaba quejoso de sus poemas cosidos con ropajes de sobra.
Con los años, Eco empezó a cansarse de brillar en su cueva. De no decir nada con tanto extravío. Empecé a entender que tampoco se trataba de un burdo exhibicionismo. Mas, sí, había una intención de mostrar a los demás, un deseo de compartir lo que aún no había encontrado con quien compartir. Sobre todo un deseo, inefable y puro, de encontrar en algún lugar, sea cual fuere, a aquella persona que pudiera decirme, así como Woolf sentenciara, algo bueno y honesto sobre mí. Y yo, como en la historias para niños, seguiría esparciendo palabras hiladas por mi caótico sentir. En realidad, hiladas por mi atolondrada mezcla entre el pensar y el sentir. Y encontrar el gran amor, pueril y sabio, que espera el jugo de su media naranja para vitaminarse de los pies a la cabeza.
Me sé cuando escribo. Me sé tanto que cuando no escribo generalmente es que me fui por un tiempo. Ahora lo sé de tinta oscura y densa, ya sin medias, las tintas. Pero también hubo un tiempo de magias. En que pensé que podría ser un modo secreto de mantenerme en un deseo imposible, el de poder tener tantas vidas y tantas ficciones como a capricho se me antojaran. Oler de cerca la metaficción y muy en lontananza la vida propia. ¡Qué lánguido orgullo! The sky is the limit, dice el joven inexperto que cree que sólo el querer es poder o, al revés, o retorcidamente ambas. Porque tantos tipos de voluntad hay, como lugares del cuerpo de los que puede provenir esa fuerza volitiva. Escudriñé, y a mi indecisa manera elegí. Salvé a algunos personajes. Algunas ficciones se quedaron en la piel y se transcribían a golpe de tecla. Y en realidad a quien salvé fue a mí.

Aún estoy enfrascada, en este punto temporal, entre mis papeles. Ya no hay voces en coral, pero algo me aturde. No consigo darme con claridad la respuesta de para quién escribo.
Odio la duda, pero en la fiereza de su compañía, asentí, la acepté. Me despliego comprobando que mi corazón no es tan temeroso como me hacían sentir era. Que creo en el brío de mis recuerdos, de mis palabras nuevas. Que la paja dispuesta con disolución arde en la hoguera de certeza absoluta. Y que no pasa nada si la primera ficha del dominó consigue caer a todas las demás que habían sido colocadas detrás con esa astucia. La escritura se hace, se deshace, lo que está escrito, está. Y en esa inmanencia hay un continuo cambio, a veces imperceptible, y es el que me reinventa, me hace creer, me da fuerzas para ponerme a prueba, explorando mis posibilidades.

Billete de ida y vuelta, Isabel Pérez

Sábado, 18:40
No suelo venir por aquí a menudo. Sigue estando más o menos como siempre, el mismo rosa salmón y blanco impecable que hace más de una década. Infantil, sí, pero no escandaloso. Hace años tuve una relación de amor-odio con este puñetero rosa. Hace años tuve una relación de amor-odio con prácticamente todo.
 Quizá haya más libros en la estantería, un par de medallas colgando y una máscara veneciana que no han acumulado el suficiente polvo. No están los peluches con los que nunca he jugado; ni el payaso al que solía vigilar con el rabillo del ojo los sábados por la mañana, cuando podía aprovechar cualquier descuido para bajar de un salto con sus piernecitas de trapo, para estrangularme o dios sabe qué. En su lugar, cachivaches y souvenirs variados, razonablemente desordenados, pero no lo suficiente como para disimular mi ausencia.
La cama estaba hecha esta mañana, pero la he vuelto a deshacer para hacer el vago. “Siesta” es un eufemismo: no suelo dormir, sólo me gusta bañarme en el olor de las sábanas recién lavadas, mientras el sol entra por la persiana a medio bajar, como Pedro por su casa. La maleta está en el suelo, sin deshacer, para qué, si voy a irme mañana. El armario está entreabierto, la mitad de la ropa ya no es mía, ni la cuarta parte de los trastos. Sobre el escritorio una montaña de libros de consulta, que sé que no voy a abrir siquiera, pero me siento más tranquila teniéndolos a mano.
Debajo, el hueco del escritorio. El lugar de los berrinches, de los planes maquiavélicos de venganza contra el mundo, de saborear mentalmente la asistencia de incógnito a mi propio funeral. Antes cabía en ese espacio con las piernas en extensión, cuan larga era; ahora me pregunto si ni siquiera devorando mis propias rodillas podría entrar de nuevo. Mirando desde abajo, sé que la madera está llena de garabatos de algún día de especial inspiración, o rabia, o ambas. Creo recordar, pero no me molesto en comprobarlo.
Dice una voz popular que el hogar está donde cuelgas tu sombrero, pero a los que no gastamos mucho de eso no nos dice demasiado (tal vez sólo sea un mensaje subliminal del lobby de sombrereros). El hogar es donde puedes sentarte a escribir hasta que te aburras, he dicho, y a estas alturas de la vida escribo en cualquier sitio. Debería suponerme una tragedia, tener el corazón hecho astillas, pero es lo que otra voz llama “volar del nido”. De todas formas, me alegro de haber venido precisamente ahora, para contarlo. Estadística y emocionalmente hablando, el espacio vacío debajo de las marcas a rotulador es lo más parecido a una “casa” que tengo ahora mismo.
Sé que es demasiado tarde para detener la invasión de mi imperio, aun si quisiera hacerlo. Me queda el consuelo de que la red de seguridad permanece, firme y estable aunque revestida de musgo. Aquí todo se mueve despacio y cambia a regañadientes: el mismo visillo rosa pálido se contonea con el viento (de donde el sol sale o de donde el sol se esconde, no importa, aquí siempre, siempre, SIEMPRE hay viento). A través de los mismos barrotes, el mismo asfalto casi desierto, las palmeras retozonas bostezando en sus cubiles. Podrías salir, niña. Hace un día estupendo.

19:07
Ahora soy corresponsal en el mejor lugar para jugar al escondite que jamás ha existido. O lo que queda de él: hace no demasiado lo descuartizaron las excavadoras y lo embadurnaron de alquitrán. Ahora es un marcador de prosperidad, con líneas blancas y plazas para minusválidos. El único vestigio que queda de su vida pasada es una esquinita de descampado, una pendiente de tierra y matorral seco, las piedras que hacían de escalera (desgastadas por el paso de tantos diminutos zapatos y tanta sangre de rodillas coagulándose sobre sus aristas). Antes aquí había gatos. Habrán migrado a un hábitat más hospitalario.
Tampoco queda nada del parque, sólo han dejado los bancos. He de reconocer que ha sido todo un detalle, guardarme el asiento para narrarlo. En el suelo de cemento se ve el hueco para los ejes metálicos de un castillo de barras oxidadas y un tobogán desvencijado… debieron de verlo muy poco práctico. Hacia el norte, el cementerio se esconde tras el muro blanco. Y como si me leyera el pensamiento suena la campana, las siete y cuarto. Más vale avanzar, antes de que el sol baje del todo.

19:28
Bajando las calles empinadas las tiendas están cerradas y apenas hay un alma, en sábado. Casi no me acordaba de este Sabbath de conveniencia, autóctono. Ha sido sencillo habituarse al bullicio y a la luz artificial de la ciudad, al rasgar constante de los neumáticos sobre el asfalto, a no poder escapar del olor a humano. Que todos los días parezcan una fiesta en incubación, por si quiero salir a respirarlo. Aquí… no hay un sólo rincón donde dure mucho el aire viciado. Y si hay un sitio donde el viento pueda barrerlo, es ESTE.
Pongo las rodillas en un banco de piedra y me asomo al mirador: verde y tierra. Eso de allí son pinos y esos…bueno, no sabría nombrarlos ni aunque los tuviera a tres palmos. La planicie bajo mi nariz se extiende en abanico a través del espacio, desde el primer trozo de suelo arañado en paralelo, hasta el brillo metálico del último aerogenerador, arañando el horizonte con sus aspas y obligándome a entrecerrar los ojos. El levante me silba en los oídos y me enreda el pelo, ¿me echabas de menos? A mi espalda, no tengo que mirar: sé que absolutamente todo es blanco.

19:49
Tengo que llegar arriba y buscar un lugar estratégico antes de que anochezca. Los adoquines centenarios no ayudan: se niegan a ocupar un lugar homogéneo en la calzada. Las callejuelas claustrofóbicas se abren y cierran formando ángulos extraños. Y cuestas. Cuestas por todos lados.
Cuando alcanzo la cima, la puerta está cerrada. Vieja testaruda, ¿de qué siglo eras? ¿X? ¿XI? Me asomo por la rendija entre las dos hojas robustas de madera y el viento me ruge furioso directamente a los ojos. Tiene razón para enfadarse, ¿cuándo fue la última vez que entré a visitarte? ¿Qué me colé en tu patio, me asomé por tus almenas? Te escribí algo antes de irme. O tal vez no lo hice, pero tenía pensamiento de hacerlo.
Hay un gatito callejero a un metro escaso, con los músculos en tensión, en posición de huida inminente en cuanto se me ocurra sobrepasar la distancia mínima de seguridad. No sé si no se larga porque ha encontrado un buen sitio a resguardo, o porque tiene verdadera curiosidad por lo que estoy haciendo sentada en el muro.
Las farolas se han encendido. Tengo que darme más prisa y desandar lo andado.

20:23
Hacía mucho que no subía estos escalones. Y cuando digo mucho quiero decir no lo suficiente. Miro hacia abajo y los pies se me encogen y chapan en charol y barro. Ahora…ahora es 1999, está lloviendo a cántaros y me voy apoyando sobre la pared de piedra para no resbalar en los charcos. En la fachada de la iglesia está ese rosetón que me gustaba tanto, los arcos apuntados, y de nuevo me parecen anormalmente bajos. Preferiría no entrar, por si su interior blanco me parece desnudo después de tanto ir y venir por la Europa rebozada en pan de oro. Está abierta y se oyen voces. No, mejor ir por el otro lado. Por el lateral, pasando junto al pozo cegado con cemento, sobre la plataforma de piedra que hacía las veces de escenario, obviando los escalones y bajando de un salto… a sentarme en la muralla.
Desde aquí se ve el campanario, una palmera superviviente del ataque de los parásitos, las paredes arenosas erigidas sobre suelo y huesos moriscos, las vidrieras titilando. Se está agotando el sol y me deshago en sombras sobre el papel, pero puedo escribir con menos, no necesito ojos. Los turistas van y vienen, hablando demasiado alto. El viento reclama su territorio, me abraza por la espalda, se empeña en pasar las hojas del bloc, ¿es que quieres adelantarme algo?
El hogar…
No sé si he venido de visita, o si he regresado.

Tejados, razones y abejas, María Teresa Salcedo Aizcorbes


Sí, probablemente nunca fui capaz de decir la verdad. Tampoco la tenía en aquellos instantes. Nunca supe qué era la verdad. Hubieron de suceder mil acontecimientos en el año de las nieves para llegar donde estoy. Me costaba digerir los cambios, las soledades esparcidas bajo las farolas de la media noche. Aquella era una ciudad triste. Aún puedo sentirla a pesar de estar ya lejos de ella. Y entonces lo hice. A destiempo pero lo hice. Fueron mis razones. Empecé a  apartar telarañas de mi cabeza y me puse a ello. Llevaba demasiado tiempo en la oscuridad de esta habitación y poco o nada me motivaba para escribir. Nunca sabía qué me llevaba a ello.
Me he convertido en un animal solitario y puedo sacar fuera al fin aquellas razones que me torturaban y no tomaban forma.
Ahora sé que escribo para ordenarme por fuera y desbocarme por dentro, para transgredir barreras de la piel desconocida o saltar montañas más allá de las fronteras inventadas y absurdas. Sé que escribo para conjugar verbos y manchar madrugadas, para hacerme un hueco aquí o allá y derrotar a la muerte disfrazada. Tomo el papel en blanco y garabateo como una niña. Escribo para no olvidar, para coleccionar adjetivos y vestirme con ellos en la mediocridad de los días llenos de pleitos que suelo perder de antemano. Rozo la locura de un vacío que todo lo ocupa. Estoy perdida, he dejado todo en el camino y solo poseo esta vaga sensación de anidar en las palabras que no elijo.
A veces siento que todo está a punto de estallar. Siempre es así. Nada nuevo ahí afuera.
Si digo blanco, los demás entienden negro y se alejan. Si sonrío con sorna, se empeñan en ver tristeza eterna de Gioconda en mis ojos. Lo admito. No, no sé hacerlo. No supe nunca y por eso llegué hasta aquí gritando Norte cuando mis pies me arrastraron hasta este Sur pobre y estridente. Y de pronto observo cómo sigo sin soltar lastre ni cumplir condenas sin que llegue la hora precisa, ni la mano que derribe fachadas y desabroche los sueños. Por aquél entonces ya me obsesionaban los tejados. Ahora sólo observo, respiro. Estoy presente y miro desde aquí arriba. Y sobre todo respiro. No corrijo, suspiro y miro hacia mí. Me quiero. Ni un paso atrás. Adelante, siempre hacia adelante. Aún me gusta vivir en los tejados.
¿Por qué me gustan tanto? Porque aún es pronto para vaticinar mis derrotas y por suerte todavía no poseo la destreza de amar como un felino amenazado.
Porque desde mi tejado veo el mundo que disgusta. Porque aquí al atardecer me acompaña un espejo con el que juego a lanzar destellos de colores a las habitaciones vacías o los últimos perros que lamen sus heridas y no quiero parecerme a ellos.
Me gustan los tejados porque molesta a los otros, a quienes me molestan a mí y a veces, hasta consigo asustarlos. Me fascinan porque nadie percibe mi ausencia o me necesita hasta que me ven trepar por la buhardilla. Entonces todos gritan y se aterrorizan.
Menos mal que ya se aburrieron y me dejan en paz. Yo sé que en esta buhardilla gimen muchos miedos agazapados entre sus muebles de madera. Miedos heredados les llaman.
Por eso subo aquí, porque nadie se atreve a traspasar sus muros. Yo en cambio los reto a todos ellos en este metro cuadrado de tejas viejas y rotas.
Cuando es la hora, maquillo el último mal sueño de heridas de acero inoxidable e inolvidable, me pongo mis medias verdes y pinto mis labios rojos.
Este diminuto espacio es el único lugar del mundo que me recuerda que yo puedo, que sé pintar con mis ojos lo que quiera, que mi cuerpo es un lamento de violines que me incitan a saltar al vacío pero no lo haré sin ella. Pero sobre todo me recuerdan que sé luchar sin espadas, que las estrellas me devuelven la luz que merezco porque compartimos el mismo lenguaje. Por eso escribo esto. Porque sé que alguna tarde ella llegará lentamente y subirá conmigo al tejado. Pero habremos de pasar antes por la buhardilla. Yo sé que podremos y sabremos hacerlo sobre todo, porque a ella tampoco le gustan las espadas y en su cara siempre hay luz de luna y eso me gusta y me mantiene con vida. Allí estaré y saltaremos juntas a ese vacío porque ya no hay nada. No, no hay mucho más. No hay más que este hueco insalvable de mi buhardilla y la eterna espera con un puñado de razones insalvables.
Ya casi ha amanecido en las pestañas de muchos y las quimeras de unos pocos con labios de fresa.
Me siento en la mecedora a ver si llega. En ella invento otras historias, esas que me devuelven cada día el rostro de lo amargo y lo bello.
Desde aquí puedo divisar miles de formas geométricas que albergan pequeñas o grandes soledades vespertinas. Siempre llamó mi atención esta forma de organizarse para vivir del ser humano. Por mucho que intento buscar otro símil vuelvo siempre al que surgió en mí la primera vez que observé esta escena hace ya mucho tiempo:” los panales de abejas”. Solo que ellas se afanan continuamente por “ir todas a una” en su labor de almacenar la rica miel, no más. Y me temo que nuestros panales esconden menos dulzura que los suyos.
Es posible que en aquel bloque verde, semiderruído que está  junto a la catedral se escuche el llanto de un bebé que reclama abrigo porque los que se ocupan de él tengan a penas una manta para seis. Tres pisos más abajo podría vivir cualquier “Don Manuel viejito”, con corazón y vista cansados, mojando si acaso dos pedazos de pan duro en un tazón de leche desconchado y que formó parte en otros tiempos de una gran vajilla italiana.
Es probable que a estas horas, en medio de este silencio atronador y en cualquiera de los miles de bloques que conforman esta ciudad  una pareja se desperece entre arrumacos y polvos salvajes, mientras otras tantas están hastiadas de compartir cama después de tantas primaveras rotas; otros seres se despiden de la vida en una sala de hospital mientras, en la sexta planta se oye el grito feroz de los que acaban de nacer. Tres calles más abajo un grupo de jóvenes tararean una melodía machacona camino de los panales paternos, después de una noche intensa de alcohol y risas desmesuradas. A su vez los mismos chavales comparten acera con los primeros ejecutivos de maletín y botas brillantes camino de una oficina en la que, tal vez, solo tal vez, el jefe mire con ojos lascivos a su secretaria, mientras ésta con labios de silicona y perfectamente maquillada y aburrida lance besos furtivos al joven administrativo con el que comparte expedientes y algo más bajo esa mesa…
Cesa el balanceo de esta mecedora y nadie llama a la puerta. Escucho las últimas notas de la Quinta sinfonía de Mahler. Cierro los ojos y  pienso cómo sería la vida si como las abejas, fuéramos “todos a una” para construir un día a día más fácil, menos competitivo, más lleno de caricias blancas y sonrisas con sabor a mar. Un día a día en el que notáramos que vivir no tiene que convertirse en una proeza ni en un reto para salir ahí fuera como lobos esteparios en busca del valor cada vez más preciado del dinero.
Entra por mi ventana un suave olor a café. Parece que el vecino de abajo se ha desperezado ya. ¿Sobre qué reflexionará mientras paladea los primeros sorbos del día? Gracias a la música de fondo yo intento no quedarme con la tristeza que me produce la imagen de Aschenbach, el protagonista de  “Muerte en Venecia” de Tomas Mann. En la playa, el bello adolescente se regodea  ante Aschenbach, al que  se le escapan sus días y la misma vida en el tinte de su pelo derramado cruelmente por su cabeza y su traje blanco impecable. La belleza frente a la miseria. Y no sé por qué pero vuelvo a mirar a la puerta que no se abre e intuyo como Thomas Mann que en  la vida como en todo, “quien  ha contemplado la belleza está condenado a seducirla o morir”. Y yo, mientras invento historias desde este tejado sigo respirando y me miro. Espero…



Acabaré por aprendérmelas de memoria, Ana González

1- ¿Qué es el Universo?
2-¿Por qué siento presión en el pecho cuando observo el cielo llenito de estrellas?
3-¿Por qué esa manía de clasificar a los seres vivos?
4-¿Y qué me decís de los sentimientos?
5-¿Solo los tenemos los llamados "seres humanos"?
6-¿Qué pasará mañana cuando yo ya no esté?
7-¿Existe el destino?
8-¿Qué fuerza mueve al hombre?
9-¿Es tan importante el honor?
10-¿No debería tener más peso el arrepentimiento?
11-¿De verdad existe la separación?
12-¿Qué es el ánimo?
13-¿Por qué a los que sufren estado de ánimo cambiante se les llama seres bipolares?
14-¿Por qué esa manía de definirlo todo?
15-¿Nos mintieron con la libertad?
16-¿Por qué es tan cruel el doble sentido de las palabras?
17-¿Por qué tememos tanto a equivocarnos?
18-Si abrimos nuestro corazón a alguien ¿por qué nos sentimos desnudos?
19-¿El miedo es a lo desconocido o a apartarnos de lo conocido?
20-¿Hablamos con el corazón o repetimos las palabras de los otros?
21-¿Existe el "compromiso" verdadero?
22-¿Y qué es el compromiso?
23-¿Por qué pienso siempre en los demás?
24-¿Por qué es tan difícil actuar por uno mismo?
25-¿Soy única?
26-El sentimiento, todos ellos ¿son universales?
27-¿Qué es lo realmente importante?
28-¿Por qué extraño y añoro lo que perdí?
29-¿Por qué no rompo el cordón umbilical con mis hijos?
30-¿Por qué el amor ahoga?
31-¿Son cuatro las estaciones?
32-¿Hay vida después de la muerte?
33-¿ Y qué es morir?
34-¿ Solo importa el latir del corazón?
35-¿ Por qué se le exige tanto a la mujer?
36-¿ Es tan importante establecer fronteras?
37-¿ No debería ser la tierra del que la trabaja y la cuida?
38-¿ Por qué importa tanto el color de la piel?
39-Si nacemos todos de igual manera ¿por qué establecemos distinciones?
40-¿Qué significado tienen los sueños?
41-¿ Y por qué deben tener significado?
42-¿ No es mejor dejarlos en libertad y que sean ellos mismos los que se resuelvan?
43-¿ Qué es "la felicidad"?
44-¿ Por qué deseo tanto dormir?
45-¿ Por qué nos atan tantas cadenas?
46-¿ Es más feliz quién más posee?
47-¿ Y por qué nos hacemos tantas preguntas?
48-¿ Llegaremos a resolverlas todas?
49-¿ Existe el paraíso?
50- ¿Por qué prefiero al diablo?
51-¿ Qué sentido tiene la realización?
52-¿ De donde nace la envidia?
53- ¿Es bueno ir contracorriente?
54-¿ Por qué al contemplar un atardecer o amanecer siento escalofrios?
55- El tiempo vuela ¿a donde va?
56-¿ Por qué nos asusta el desorden?
57-¿ Hay que tenerlo todo planificado, bajo control?
58-¿ Por qué existen tantas normas?
59- ¿Qué se deja a la improvisación, al impulso?
60-Existe un método para todo, una ley para todo, un juez que sanciona y, a pesar de eso ¿por qué todo marcha mal?
61- ¿Existe Dios o es otra invención?
62-¿ Por qué nos ata tanto la rutina?
63- ¿Qué sentido tiene aprender?
64- Si la vida es ir pasando etapas, ¿por qué ese afán por llegar al final?
65- ¿Por qué cuesta tanto decir "NO"?
66- ¿Es la bondad sinónimo de "ser tonta"?
67- ¿Tanto importa la apariencia?
68- ¿Por qué a los "sin techo"los apartamos de nuestro camino?
69- ¿De verdad nos importa el bienestar social?
70- ¿Nos duele el dolor del vecino?
71- ¿Por qué no miramos a nuestro alrededor?
72- ¿Nos creemos el ombligo del mundo?
73- ¿Por qué nos engañamos tanto?
74-¿Es necesario tocar fondo para salir a flote?
75- ¿Qué hay de los 10 Mandamientos?
76- ¿A quién debemos confesar los pecados?
77- ¿Pero qué es pecado?
78- ¿Por qué me cuesta tanto mostrar mi dolor, mis debilidades?
79- Ahora en mi madurez ¿a quién le importa lo que yo haga?
80 ¿Necesitamos la aprobación de todos antes de dar un paso?
81- ¿Es el infinito el pasado-presente-futuro?
82- Si lo desconozco, ¿por qué siento tanto miedo?
83- ¿Donde queda la sabiduría de la infancia?
84- ¿No deberíamos aprender de los niños?
85- ¿Qué es la lealtad?
86- ¿Quiénes somos para juzgar los actos?
87- ¿Donde está el límite?
88- ¿Es solo una fina línea que cuesta distinguir?
89- Y si me sobrepaso ¿puedo dar marcha atrás?
90- Pero los errores se pagan, ¿quién pone el precio?
91- ¿Quedaremos marcados para siempre?
92- ¿Es mejor estar en una isla desierta?
93-¿Desierta de qué?
94-Si todo está ahí, ¿existe la soledad?
95- ¿Por qué esa sensación de que nos observan?
96- ¿Existe la telepatía?
97- ¿Y el amor incondicional?
98- ¿Y la entrega sin recibir nada a cambio?
99- ¿Por qué tememos al miedo?
100- ¿No forma parte también de la vida?
 
 

¿Por qué escribo? Porque puedo, Isabel Pérez


Puedo imaginarme cómo estaba el ejercicio enfocado, pero el mío (aviso con tiempo), no va a ser así. Sé que la idea no era ésta, pero TENGO que darle una vuelta de tuerca más. El “por qué escribo”, y el no menos importante y revelador “por qué no escribo” tiene tanta relación con mis motivaciones, pasiones y sentidos como con mi lista personal de defectos, pecados y vicios. Tal vez incluso más. Por algún lado hay que empezar, y hoy he elegido este.
¿Por qué así y no de cualquier otra manera más vistosa y colorida? Primero, porque a fuerza de escribir a puerta cerrada durante años, todo lo que sale de mi mano tiene cierto tinte de auto confesión. Los pensamientos incómodos se pueden espantar como moscas con relativa facilidad, pero una vez escritos, no puedes hacer como que no los has visto. Con la actitud adecuada son un auténtico flagelo. No tengo confesor de carne, las campanas del cementerio (apenas a dos calles de mi casa) han llamado y llamado (llamarán y llamarán hasta que yo muera, en sueños) y nunca he querido bajar a hacer la penitencia que probablemente merezco. No es mi sitio. Mis confidentes legítimos son folios de papel cuadriculado garabateados con una caligrafía tan ilegible como premonitora, discretos y pacientes, exponiendo la debilidad, la duda, el miedo…en secreto.
Lo cierto es que ya he escrito antes sobre el tema, y cuando me preguntan, contesto. Pero casi exclusivamente sobre la parte que me interesa contar: arañando la mugre para que reluzca el contrachapado de oro, obviando el núcleo de barro (sé que está ahí, pero los demás no tienen por qué saberlo). La parte en la que soy la buena de la película, un ser sensible, con talento y ganas; y donde lo que falla es la vida déspota que me ahoga y se come las raíces de lo que siembro. Sea lo que sea que signifique eso. Podría escribir esto uniendo los retazos de aquí y allá (me ahorraría bastante trabajo y tiempo):
Empezar por que el segundo recuerdo más viejo que conservo es estar sentada en el salón mientras enseñaban a mi hermano a leer (la eme con la a, ma), y pensar “Eureka. Ya lo entiendo”.
Continuar con que le escribí a Praga una letanía incoherente y febril en un cuaderno de viaje, para abonar la tierra en la que espero se entierren mis huesos, por si algún día les da por germinar.
Terminar con que uno de mis mayores logros en años ha sido volver desafiante al ruedo, a coger la pluma después de tanto tiempo.
Podría enumerar, relacionar y dar una interpretación tibia a todas las cosas hermosas por las que puedo escribir y tal vez escriba; y no estaría mintiendo. Aunque no todo el mundo se lo crea ni soy triste per se, ni mucho más seca que una cucharada de canela en polvo (costumbre infantil de la que no consigo desintoxicarme del todo). Podría hacerlo y sería cierto…. tan cierto como que pecaría de omisión (omisión de datos, para ser más concretos); y lo que es peor: es que ya lo he hecho.
Lo que no he hecho nunca es expiación pública. Y tal vez sea algo que verdaderamente necesite, hacer examen de conciencia y comenzar desde cero sin lastres, quemar Roma hasta los cimientos. Sacar algo bueno de las cenizas. Algo más exteriorizado de lo que acostumbro, tal vez, pero por lo demás muy a mi manera: con la humildad justa, porque de eso apenas gasto. Adelantando acontecimientos y para quien aún no lo sepa: en mi lista personal de pecados y vicios, jerarquizada de mayor a menor, la soberbia es el cuarto.
Tal vez me esté yendo por las ramas, pero no creo estar siendo autocomplaciente (no aquí, no en este momento): así es como me bombardean las ideas y así es como las transcribo. Mi cabeza siempre parece desestructurada, con ideas inconexas que se esconden tras las esquinas y me asaltan a mano armada. ¿De dónde han salido y qué hacían aquí dentro? ¿Por qué chocan y se fusionan, se escinden y teletransportan, desertan y nadie vuelve a verlas nunca? El caos interno se traduce con facilidad a desorden externo (un vicio menor pero vicio al fin y al cabo. Pongamos que es el sexto); pero lo cierto y verdad es que no quiero perderlo.
De boca para afuera no suele formar un discurso fluido (sólo hay que oírme veinte palabras seguidas, cómo se traban y se atascan entre los dientes, cómo salen atropelladamente sin orden ni concierto), y dudo mucho que acabe siendo una oradora de prestigio. Ahora dame lápiz y papel, y déjame garabatear con ojos de médium. Las palabras escritas tienen vida propia, no necesitan mi ayuda, ellas solas se alinean con los planetas de turno y hacen alquimia sin licencia: de grafito a diamante, algo verdaderamente único. ¿Y si a nadie más en la historia se le ocurre dar fe escrita de esta imagen, o de cualquier otra que se me haya ocurrido? ¿Por qué escribo? Porque tengo demasiadas cosas en el tintero y me ayuda a darle forma a mi pensamiento. Un pensamiento que con frecuencia no es muy práctico, que a veces es perturbador, que a menudo no huele a algodón de azúcar en feria o sabe a dátiles del Magreb, tal y como en momentos de flaqueza desearía que fuese todo. Conforma caminos sinuosos y llenos de recodos, no siempre fáciles de seguir, pero… algunos acaban ante la puerta de cámaras en las que probablemente nadie más (no tengo manera de saberlo) haya entrado. Y es MÍO. Seguirá siendo mío hasta que muera, floreciendo o marchitando, y hasta muera será el suelo en el que luche, bajo cualquier circunstancia, defendiendo con sangre cada palmo.
Ahora bien, no es que fantasee con ser la heroína en la cruzada por la singularidad. Hay una doble cara el hecho de que fluya sin esfuerzo, intuitivo, natural… fácil, en un principio. Más simple e inmediato que abrir un grifo: ¿el tintero amenaza con rebosar? Basta con poner papel debajo y que él sólo pinte un Rorschach asimétrico; luego le buscamos un hueco en la puerta del frigorífico, una explicación satisfactoria y ya está hecho. La pereza es uno de mis grandes caballos de batalla (puede que el tercero), por no hablar de la impaciencia (definitivamente quinto).
Si quiero algo lo quiero YA; y si no es YA y es dentro de de diez segundos, o si tengo que salir de debajo de las mantas (las que mamá sacaba en invierno y olían a alcanfor y a madera de armario) para mover un solo dedo…a lo mejor ya no lo quiero. ¿Por qué escribo? Porque puedo. En esencia vine así de fábrica, y por mucho que me quede por aprender, si no tuviera otra opción podría tirar del carro sólo con eso. Vivir por inercia, de las rentas y las aptitudes a medio desarrollar, dejarme arrastrar y arañar por las rocas, sangrar para luego quejarme (ése ni siquiera estaba en la lista), abandonarme al sonido del Guadalquivir en otoño donde todavía es pequeño y salvaje…no sé si llegaría a buen puerto, pero es que la orilla parece TAN lejos…
Creo que no siempre he sido así. Conservo una nostalgia dulzona de mi infancia, de todas las infancias por extensión, y que de paso me enloquece el reloj biológico con un instinto maternal sin hijos (aunque no puedo saberlo, intuyo que es algo por lo que podría matar y morir, llegado el momento. Y desde luego, por lo que podría escribir: haciendo un ejercicio de abstracción alguna vez lo he hecho, y de tan visceral ha resultado casi aterrador).
Cuando yo tenía tres años quería ser astronauta. Con seis, detective privado. Después… después nada. Un espacio en blanco, deliberado o no. No sé si tengo derecho a quejarme de dónde estoy o de lo que la vida está haciendo conmigo, si me he mantenido abiertamente avocacional, y no he hecho ni un amago de intentar no serlo. Y a lo mejor es el síndrome de Estocolmo, pero si pudiera retroceder y cambiar el rumbo, preferiría no hacerlo. He perdido mucho, y también he ganado (el balance detallado se merece otro texto). Ahora hablo de carne y sangre, de hueso y tuétano, de vida y muerte desde la primera fila, y le encuentro sentido; al menos una de cada veinte palabras mías es patética y frágil, humana a fin de cuentas. Eso no estaba antes, y aprehenderlo no ha sido sencillo. Si verdaderamente tengo una doble misión, de semidiós y cronista, siempre habrá alguien huérfano que nos necesite a alguno de los dos, y pienso estar allí para hacerlo. El lugar más triste de la Tierra debe de ser una sala de espera, y yo ya he paseado por muchas. No, no está siendo fácil. Me siento orgullosa de no haber desistido.
Aunque no todos los días me levante tan bienintencionada y convencida, tengo otros motivos para hacerlo. Motivos egocéntricos, que no egoístas, responsabilidades futuras con las que no pienso ponerme romántica, porque tampoco puedo. Tengo una prioridad máxima, pero probablemente quienes deban saberlo no lo sepan. Porque soy huraña y desagradecida con quien no se lo merece (si es un pecado sólo, que sea el segundo, por niña mala), porque tienen miedo de que ya esté muy lejos y vaya a volver nunca a casa. Qué tontería. El primerísimo recuerdo que tengo es un aparcamiento vacío, el olor a neumático y vómito, el terror infantil a estar abandonada y sola; sólo que ellos no lo saben, no lo han leído entre líneas. Mea culpa, por no saber escribir en prosa cuando verdaderamente hace falta.
No sé de dónde saqué esa tontería de no enseñar nunca mis cartas…si es que realmente tengo alguna. A lo mejor voy de farol y soy la única que no se ha dado cuenta; a lo mejor todo esto es palabrería y en realidad estoy hueca por dentro (hueca como el hueco de una flauta, que no necesariamente está muerto, que puede que incluso sea bello, pero lo que es seguro es que está hueco). Quiero pensar que no, que no estoy vacía, que los duendes trabajan de noche en la factoría de símbolos y le dan algo de sentido. Tampoco quiero estar encerrada en mí misma al margen del espacio y el tiempo: no sé si mi historia merece ser leída o escuchada, no sé si alguien dentro de un siglo la encontrará relevante y digna de conservarse para la posteridad; pero por lo que a mí respecta, merece ser contada. Y mientras esté convencida de ello, no hay nada ni nadie que pueda pararme, hagan lo que hagan. ¿Por qué escribo? Porque para que dejara de hacerlo habría que sacarme el cerebro con un cucharón de helado. Al menos, en mi cabeza (aparte de eso…no necesito nada).
No creo haber respondido a la pregunta; y dudo mucho que la confesión pública haya servido para que escarmentara. Siendo sincera, ese aspecto apenas me importa. El peor, el más retorcido, el más malévolo de mis defectos es la condescendencia, el orgullo y hasta el cariño paternalista que siento por el resto de mis pecados menores. Defecto que, por otra parte, debe de resultar sumamente encantador. Dejémoslo estar, pues. Tal y como es.
 
"Mamadores" (Maco Colín)