Google+ Taller de Escritura Creativa de Sevilla: junio 2013

El ensamblaje de la bicicleta roja, Isabel Pérez

Pablo inclinó ligeramente su 250 cc en una de las curvas de la autovía camino a la ciudad. Iba con algo de prisa. Aún había luz, pero su reloj de pulsera marcaba las 8 y 37. El cumpleaños de Tino era el sábado y se había pasado toda su tarde libre saltando de juguetería en juguetería del pueblo buscando una bicicleta roja para un niño de nueve años. Este año le había preguntado Susana:
—¿Qué vas a querer por tu cumple?
—Una moto como la de papá.
—Aún eres muy pequeño para tener una moto.
A Susana no le gustaban las motos. Era muy práctico para ir por la ciudad los dos, decía, pero con un niño ya crecido lo mejor era empezar a ahorrar para un monovolumen o algo así. A Pablo le encantaba ese trasto, lo compró de segunda mano en la universidad y lo seguía mimando como a un hijo. Ésa era una de las razones por las que a Susana no le gustara.
—Entonces una bici, una bici roja, muy grande, con marchas y que escupa fuego.
Pablo no estaba muy seguro de poder encontrar una bici con lanzallamas incorporado, pero no le costaba nada probar a buscar en unos grandes almacenes de la capital.
Pablo fue serpenteando por los carriles entre los coches y camiones. Las 8:41. Si se daba prisa, pensó, no tendría que volver al día siguiente y podría llevar al chico a entrenar. Se coló por delante de un simpático y redondo Citroën Picasso azul. Un camión que se incorporaba no lo vio venir y lo arrolló por un costado. Frenazos. Colapso. Luces parpadeando. Metal raspando alquitrán. Cráneo fracturado dentro del casco. Muerte clínica, dijeron los trabajadores del SAMUR cuando trasladaron a Pablo al hospital más cercano.
Al ser una víctima joven y sana, tras informar a su mujer, esperar a que fuera capaz de digerir la noticia y dar las sentidas condolencias, la jefa de la unidad de trasplantes le preguntó a Susana qué pensaba hacer con el cuerpo de su marido. Le habló sin decir nombres de varios casos conmovedores y pacientes en lista de espera que podrían salvarse si donaba sus órganos.
—Entiendo que esté en una situación muy difícil y lo último que pretendemos es importunarla, pero el tiempo apremia —susurró la doctora con toda la delicadeza que pudo—. No quiero que se sienta presionada, solo que sea consciente del bien que podría hacer.
Y así, con una firma temblorosa de la mano de Susana en un formulario estándar salpicado de lágrimas aquí y allá, fue como despedazaron cariñosamente el cuerpo de Pablo. Sus trozos viables se separaron del resto y se desperdigaron entre huéspedes que, protegidos por el anonimato de la lista de donantes, nunca supieron de esta historia.

El señor Rojas era un importante hombre de negocios, uno de esos individuos con traje y corbata que nunca parecen tener tiempo para descansar, gritan mucho al teléfono, tienen comidas con la empresa hasta las cuatro de la tarde y fuman a todas horas. Tan poco descansaba, tanto gritaba, tanto comía y tanto fumaba que un día su corazón dijo que ya no podía más y sufrió un infarto cataclísmico. Después de un triple bypass en el que casi se queda en la mesa de quirófano, los médicos dijeron que no aguantaría muchos meses y que necesitaba un transplante. La señora de Rojas, al borde de un ataque histérico, movió cielo y tierra para encontrar un cadáver con un corazón apto, pero la lista corre despacio.
Alberto Rojas tuvo suerte esta vez. Casi in extremis llegó un corazón sano y fuerte, lo suficientemente grande como para llenar su pecho de toro y mover sus litros y litros de sangre. Si dejaba el tabaco y las grasas saturadas, controlaba el estrés y empezaba con el ejercicio moderado pero continuo, viviría muchos años.
Vivió bastantes. Uno de esos inviernos, cuando volvía a casa paseando por una galería comercial, su corazón de segunda mano que tanta tranquilidad le había proporcionado, empezó a aletear como un ave de caza a la que hubieran disparado en pleno vuelo. Recordó la vez que se desplomó en la oficina y estuvo a punto de morir, y se sentó en el primer banco que encontró, pálido y empapado en sudor frío. No le dolía, solo notaba las palpitaciones por debajo de las costillas. Mientras hurgaba en su bolsillo con manos temblorosas, intentando dar con el bote de nitroglicerina, miró a su alrededor en busca de ayuda, y se encontró justo en frente con el brillante escaparate de una juguetería. Su corazón pareció calmarse un poco. En plena campaña de navidad, la tienda lucía sus mejores galas, sus colores más vivos, sus luces más epileptogenéticas. Una montaña de muñecas estaba perfectamente ordenada alrededor de un chalet de plástico en miniatura. Dos dinosaurios a escala parecían haber sido fosilizados mientras luchaban a muerte. Y en el centro del ventanal más grande, encima de una tarima negra… una bicicleta. Una bicicleta roja llena de faros y palancas resplandecientes.
El corazón prestado del señor Rojas dio un vuelco, de modo que se levantó para verla mejor. Él tuvo una bicicleta de pequeño, aunque no tenía nada que ver con ésta. Era apenas una barra oxidada unida a dos ruedas, y tenía que compartirla con sus dos hermanos; pero cuando bajaba por la cuesta un día de verano, con el sol y el viento de cara…
Su corazón se había calmado, sin necesidad de pastillas. Y al señor Rojas se le ocurrió entrar en la juguetería.
Al llegar a casa le contó a su esposa lo que le había pasado, pero ella le contestó:
—Ya sabes como son los niños de hoy en día. A Felipe no le va a hacer tanta ilusión como te hizo a ti.
Y en efecto, cuando llegó el día de Reyes y Felipe desenvolvió el papel de regalo de su bici nueva, lo primero que dijo fue:
—¿Y esto por dónde se enchufa a la Wii?
De modo que aquella bicicleta roja estuvo en el cuarto de Felipe unos meses, hasta final de verano. Después de las vacaciones, la señora de Rojas decidió que ocupaba demasiado espacio y fue trasladada al sótano, donde sus ruedas se deshincharon y su manillar acumuló polvo durante muchas primaveras.
Cuando Felipe fue lo suficientemente mayor como para ir a la Universidad, los Rojas pensaron que tal vez esa casona se les había quedado muy grande para ellos solos, y decidieron mudarse a un adosado a las afueras. Después de sacar todo lo útil que podrían necesitar, encargaron a Paco, transportista de profesión, que cogiera toda la chatarra inservible (el frigorífico viejo, la tabla de ejercicios, la mesa de ping pong rota, la bicicleta vieja del crío) para que se encargara de ella.
De camino al desguace, Paco tarareaba la canción de la radio, palmeando al ritmo sobre el volante de su camión. Hacía un buen día, tenía un buen puñado de cosas por el que podría sacar un buen precio y el tráfico estaba tranquilo. Probablemente llegaría temprano a casa. Pero, cuando se acercaba a una estación de servicio, su páncreas, que desde hacía años le había funcionado como un reloj, empezó a segregar insulina furiosamente al torrente sanguíneo de Paco. Le asaltó un hambre inesperadamente atroz sólo dos horas después de haber desayunado un bocadillo de carne con tomate. Tal fue la urgencia que, a pesar del buen ritmo de kilometraje que llevaba, se vio obligado a aparcar en la gasolinera y bajarse a pedir, casi a suplicar en la cafetería, un bocadillo de calamares.
Casi al mismo tiempo, Adela Solís, secretaria regional de la Asociación de Amigos del Transplante (AAT) iba en el asiento delantero del coche conducido por su marido, agarrada a la asita sobre la ventanilla. Llevaba en el regazo y en el asiento trasero varios montones de panfletos informativos para repartir en los hospitales de la zona, aunque Adela pensaba que era necesario informar a cualquier persona interesada, y que cualquier persona estaba interesada por el mero hecho de establecer contacto visual con ella.
Estaba mirando en el GPS la dirección del siguiente centro de salud, cuando el único riñón de Adela comenzó a hiperfuncionar. Dicen que un solo riñón humano puede hacer el trabajo de cuatro riñones, de modo que Adela Solís pasó de tener un riñón aletargado a cuatro riñones bombeando a pleno rendimiento, con lo que su vejiga se distendió hasta cuadruplicar su tamaño.
—Adolfo, para, tengo que ir al baño.
—¿Otra vez? ¡Si fuiste antes de salir!
—¡Pues tengo que ir otra vez! ¡Es una emergencia!
Adolfo suspiró, pero no dijo nada más. Se desvió al área de servicio y esperó pacientemente dentro del coche a que su mujer volviera. Adela caminó dando saltitos  desde el aparcamiento hasta el baño de mujeres de la cafetería; por suerte, a esa hora apenas había cola y pudo evacuar sin mayores incidencias. Mientras se lavaba las manos, se le ocurrió dejar un par de folletos por allí encima: sólo por la pinta que tenían las bandejas grasientas de las tapas, la mitad de la clientela tenía todas las papeletas para un cáncer de colon. De modo que se acercó a la barra y soltó un panfleto aquí, otro allí. Paco, con un calamar colgando de la comisura de la boca, le echó un vistazo rápido y se dirigió a la mujer:
—Oiga. ¿Usted trabaja en esto de los transplantes?
—Soy secretaria de la AAT, sí.
—Ah. Es que yo estoy transplantado, mire —Paco se levantó un poco la camiseta para que viera la cicatriz que tenía en la espalda—. De páncreas. Pero no estoy en ninguna organización ni grupo de ayuda ni nada de eso.
—Pues es una pena. Se puede ayudar muchísimo a otras personas como usted, o como yo. A mi me transplantaron un riñón hace ya unos años, pero otros no tienen tanta suerte de encontrar un donante a tiempo. Se necesitan muchas campañas de información, mucha colaboración ciudadana.
—Ya. ¿Y ustedes que hacen?
—Pues muchas cosas. A nivel local damos charlas, vamos voluntarios a hospitales, recaudamos fondos, hacemos colectas, rifas, cosas así.
El páncreas de Paco se removió en su sitio, incómodo. Y Paco se quedó pensando.
—Oiga. Yo soy transportista, y siempre llevo y traigo un montón de cosas que la gente ya no quiere pero que a lo mejor a ustedes les puede hacer un apaño. Si quiere le echo un ojo a ver qué tengo.
Sin dejar que Adela contestara, Paco se limpió la boca con una servilleta de papel y salió al aparcamiento para abrir su camión. Entró y empezó a remover trastos. ¿Qué podría servir?, se preguntó.
—Esto —sacó una bicicleta desvencijada, y empezó a sacudirle el polvo—. Está algo vieja y habría que hincharle las ruedas, pero es buena. No tengo hijos y mis sobrinas son ya mayores, a mí no me hace falta. A lo mejor ustedes pueden rifarla o algo así.
Adela observó aquel trasto polvoriento. Tenía pinta de cara y de no haber sido usada. Tal vez pudiera buscarle alguna utilidad.
—De acuerdo, muchas gracias. ¡Adolfo! Ven a meter esto en el maletero.

Doña Angustias se despertó un día con una quemazón en las tripas que no tenía desde que se había vuelto a la costa. Cuando le operaron del hígado y le pusieron uno nuevo, de vez en cuando la bilis le subía hasta la boca y sólo una cantidad ingente de sal de frutas podía calmarla. Un verano decidió cambiar de aires y pasar las vacaciones más cerca del mar, y desde entonces no había vuelto a darle problemas. Ahora vivía en un amplio apartamento, con una pareja y su hijo de inquilinos.
Aquel día doña Angustias se levantó enfurruñada al estante de la cocina donde guardaba la sal de frutas, pero no la encontró por ningún sitio. Tal vez se le gastara la última vez y no fue a comprar. Malhumorada, se vistió con su traje de luto (había terminado el luto años antes, pero conservaba el mismo vestuario) y salió a la calle. Normalmente era el matrimonio quien salía a hacer las compras, pero estaban fuera de la ciudad unas semanas.
Caminó unas calles, quejándose entre dientes de su artritis, cuando se encontró con María, la hija de Adela.
—¡Buenos días, doña Angustias! ¡Hace mucho que no sale de casa!
—Hola, Mariquilla. Qué grande que estás ya. ¿Cómo está tu madre?
—Bien, trabajando como una loca, que no da abasto. Ahora mismo iba para su edificio, que estoy vendiendo papeletas para la asociación, por si me quiere comprar alguna.
—Claro, claro —la señora rebuscó en su monedero en busca de suelto— Toma.
Cuando recibió aquel trozo de papel amarillo y lo prensó con su mano incipientemente artrítica, el flujo de bilis que salía de su hígado pareció calmarse, como un tipo de paz espiritual. Pero cuando fue a dar un paso para continuar su camino, la vesícula biliar se contrajo en una señal de amenaza.
—María, bonita, una cosa. Si vas a ir para mi casa, ¿te importa pasarte por la tienda de Guzmán y comprarme sal de frutas y dos barras de pan? Y te compro una papeleta más. Que estas semanas estoy sola y ya no soy una jovenzuela para andar por ahí trotando.
María se rió.
—Doña Angustias, cualquiera diría que es usted una anciana, si está más ágil que yo. Pero si quiere, ahora mismo voy a hacerle los recados.
Durante diez días, María fue a hacer la compra, a darle de comer a los canarios y a regar las plantas más altas.

Cuando volvió a casa, Tino se encontró con una caja grande en su dormitorio. Le preguntó a doña Angustias, pero ella sólo le dijo:
—Me lo trajeron el otro día. ¿Qué voy a hacer yo con esto? Si no tengo hijos ni nietos, y para mí es un estorbo más.
Tino se acercó y quitó la cinta adhesiva con un cuidado casi litúrgico. Desplegó las solapas de cartón y sacó a la luz lo que había dentro. Era una bicicleta de niño, completamente nueva. Tino pasó la mano por la pintura roja, por las palancas negras de las marchas, giró los pedales, los radios de las ruedas. Eva, su mujer, se acercó por detrás.
—¿Y eso?

—Una bici, ¿no es genial? Mi padre tenía una moto del mismo rojo que éste. Me encantaba —Tino se giró hacia Eva y cogió el balbuceante bulto que tenía ella en sus brazos—. Mira, Pablito. Esto va a ser tuyo.

"Bicicleta". Fuente: peligrosaspalabras.blogspot.com 

La hermana de Una, Isabel Pérez

Anna me recogió en la esquina de la calle Almond con la avenida Queensbridge, pasadas las doce y media.
 Yo estaba sentada en el suelo de un portal frente a la cafetería de Audrey, con la mochila que solía llevar al instituto encima de las rodillas. No había nadie en la calle. En el edificio de enfrente todas las ventanas abiertas estaban a oscuras, menos la del tercer piso: se veía el resplandor de la televisión y el perfil de una cabeza unida a un cuerpo sentado en el sillón. Estuve un rato mirando cómo subía y bajaba una lata de cerveza con la mano que no sujetaba el mando a distancia.
Bajé la vista y miré el reloj. Anna llegaba tarde. Anna nunca llega tarde.
Un gato maulló y saltó a un contenedor de residuos orgánicos, al final de la calle. Los faros del Volvo gris oscuro iluminaron el asfalto lleno de baches sin arreglar. Me levanté apoyándome en el mármol y me colgué la mochila sobre un hombro. El coche paró junto a la acera, y Anna me hizo un gesto con la mano desde el asiento del conductor. Abrí la puerta y me senté en el asiento del copiloto.
—Lo siento, tenía el depósito vacío. ¿Llevas mucho tiempo esperando? —su voz apenas se oyó sobre el ruido del motor al arrancar.
—No.
Solté la mochila en el asiento trasero y me puse el cinturón de seguridad. La radio estaba encendida y el locutor hablaba y hablaba del tiempo que haría el fin de semana. Nubes y claros. Anna giró a final de la avenida, en dirección a las afueras.
—¿Has dicho algo en casa? —preguntó sin mirarme, ajustando el espejo retrovisor con sus uñas de manicura francesa.
La miré de reojo. Iba con los labios y el vestido rojos, y el pelo rubio recogido. Yo bajé la cabeza y miré mis shorts y mis zapatillas viejas.
—Nada. Mi madre acababa de tomarse sus pastillas, seguirá durmiendo hasta mañana.
—¿Ni tan siquiera una nota?
—¿Para qué?
Anna asintió en silencio. Se desvió a una carretera secundaria apenas iluminada y encendió las luces de largo alcance.
—Estamos muy orgullosos de ti —giró la cabeza un segundo y sonrió sin enseñar los dientes—. Todos nosotros.
Yo contesté con un amago de sonrisa y apoyé a frente en el cristal de la ventanilla. Los árboles acercaban sus ramas por encima del arcén, sin llegar a rozarnos, para difuminarse a la altura de los ojos. En la radio comenzaba una balada country que no había escuchado nunca.
La casa de Una estaba en una urbanización casi abandonada, apartada del resto de edificios. Bajamos una pendiente custodiada por álamos y vimos a Mike en la verja haciendo de portero. Nos reconoció y nos dejó pasar.
—Han venido todos —comenté viendo la veintena de coches aparcados en el jardín delantero.
—Más les vale.
Anna aparcó junto al Land Rover de Jill, cogió su bolso color crema y salió. Yo eché mano de mi mochila y salté al césped. Hacía calor y habían regado hacía poco. En el porche todo estaba tranquilo, pero dentro se escuchaba la música vibrar y la luz cambiar de color a través de los cristales. Anna entró sin esperar, y yo la seguí.
El rellano de Una se abre directamente a un gran salón junto a la escalinata. Nunca lo había visto tan lleno. Nunca había estado de noche. Seguí a Anna entre la gente. Reconocí muchas caras: a Brian, a Lea, a Alice, a Marc, a Dave. Ellos me miraron y me sonrieron. A otros muchos no los conocía. También me sonrieron, y asintieron con la cabeza al ritmo de los sonidos que salían de seis o siete altavoces y de las fluctuaciones de la luz.
Anna se acercó a la mesa del fondo y me dio un vaso. Bebí de un trago sin preguntar lo que era.
—¿Dónde está Una? —grité para hacerme oír por encima de la música, pero Anna ya se había marchado para perderse entre la multitud.
Me apoyé en la mesa, bajé la cabeza y cerré los ojos.
Volví a abrirlos. Marc besaba a Anna en el cuello mientras Lea la agarraba por la cintura. Jill caía por su propio peso apenas agarrada al cuello de un desconocido. Susan estaba tendida en una esquina con los ojos muy abiertos, convulsionando. Y una chica pelirroja a la que no había visto nunca se quedó mirándome cuando iba a beber de su vaso, abrió la boca en una amplia sonrisa, enseñando unos dientes con aparato.
Me levanté de la mesa, empujé a un par de personas y subí por las escaleras.
Corrí por el pasillo, y abrí la primera puerta a la derecha: era el baño principal. Dudé un momento, entré, cerré de un portazo y me apoyé en la puerta. Casi me asustó encontrarme con mi propio reflejo en el espejo. Estaba temblando.
Abrí la mochila y rebusqué hasta encontrar el bote de pastillas de mi madre. Fui a coger una y se me cayeron todas en el suelo de baldosas blancas.
—Joder.
Me puse en cuclillas a recogerlas. Las amontoné a mi alrededor. Luego las separé. Formé una línea, luego otra, luego un triángulo, le quité los vértices, lo atravesé por diagonales. El símbolo de la Hermandad, con tranquilizantes. Y me quedé en el centro.
Alguien llamó a la puerta.
—¡Ocupado!
La puerta se entreabrió. Una se asomó por el hueco y miró con curiosidad lo que estaba haciendo.
—Muy bonito. Me dijeron que no parecías encontrarte muy bien —terminó de abrir. Llevaba puesta la túnica azul de ceremonias.
—Estoy… perfectamente.
Una se puso de rodillas junto a mí y me cogió de la barbilla para levantarme la cabeza.
—Ya hemos hablado de esto. ¿Crees que estás preparada?
Una siempre mira directamente a los ojos cuando habla con sus discípulos. Dice que es la forma más fácil de explorar su alma.
—Sí —contesté.
Una sonrió y asintió con su cabeza cana.
—Te estamos esperando.
Me dio una mano para levantarme, me desvistió y me puso la túnica azul que guardaba en mi mochila. Puso una mano sobre mi hombro y bajamos al salón: todos iban ya de azul, todos estaban en silencio, todos se hacían a un lado mientras nos dirigíamos al centro de la sala. Busqué a Anna con la mirada, pero no la encontré.
—¡Hoy es un día grande para la Hermandad! —gritó Una mientras me ponía la otra mano sobre el hombro que me quedaba—. Han pasado muchos años desde su fundación. Tiempos de bonanza, de armonía con el universo y la naturaleza.
>>Pero nada es eterno. Como sabréis, se acerca la edad oscura. El fin, hermanos, está cerca, y esta noche es el comienzo. Pero no debéis temer, sino festejar. Nuestra hermana se ha ofrecido a calmar y equilibrar a las fuerzas que gobiernan nuestro mundo, y dar ejemplo con su resurgimiento y reencarnación, al igual que a todo invierno sigue una primavera.
Dicho esto, me abrió la túnica y me desnudó. Anne se acercó por nuestra izquierda, con un cofre de madera en las manos. Lo abrió y se lo ofreció a Una.
—Estamos muy orgullosos —apenas me musitó, con una sonrisa de oreja a oreja.
Una sacó una daga de plata y me la puso bajo el cuello. Estaba helada.
—¡Por la Hermandad! —gritó Una.
—¡Por la Hermandad! —respondió todo el salón.
—Por la Hermandad —susurré, y cerré los ojos.

 "Chica". Fuente: http://cuestionalo.blogspot.com.es

La hierba embaucadora, Alejandro Martínez Jiménez

Era una noche muy agitada para los empleados de “la espada cantora”; la taberna estaba a rebosar de todo tipo de gente, que cantaba y bailaba sin parar de beber.
Drancos miraba fijamente su jarra de cerveza de buena cebada que le había costado tres monedas de plata, debía aprovecharla bien, pues ya se había gastado todas las ganancias de su último trabajo. Fue a dar un trago cuando algo le golpeó la espalda y provocó que del sobresalto derramara más de la mitad de su tan preciado líquido. Se presentó ante él Kaziak, a quien no tenía en muy alta estima.
¿Pero qué tenemos aquí?, el gran Drancos, héroe de las tierras del norte dijo Kaziak sentándose frente a él.
Hoy no estoy de humor, piérdete contestó con desagrado y bebió.
Tengo noticias que podrían interesarte le dijo en voz baja.
¿Sobre qué? el desinterés de Drancos era casi palpable.
Una hierba llamada “hoja de Kadra”, indescriptible sabor y efectos que te transportan a la dimensión de los mismísimos dioses. La joya de la corona para quienes nos gusta más la pipa que la espada hablaba con entusiasmo.
¡Mientes!, como siempre.

Drancos sacó su pipa y una pequeña bolsa de piel donde guardaba las hierbas que fumaba; se sentía incómodo y observado por Kaziak. Limpió levemente el orificio donde se colocaba la hierba, después abrió su bolsita de cuero, y para su desagradable sorpresa no quedaban hierbas que fumar,  ni dinero para comprar.
Cuéntame más, y espero que sea verdad o te cortaré las orejas dijo seriamente.
Sólo crecen de noche, a la luz de las lunas, pero solo yo sé la ubicación Kaziak comenzó a reír, pues no pretendía decirle el lugar bajo ninguna circunstancia.
Así que las quieres todas para ti, y cuando te canses de fumar y te quedes inútil comenzarás a vender dijo Drancos furioso.
¡Vaya, has descubierto mi plan secreto! Continuó riendo sin cesar.
Maldito imbécil, no pienso comprarte nada Drancos terminó la conversación y siguió bebiendo.
Tampoco pretendía venderte nada a ti Kaziak se levantó triunfante de su asiento y se dirigió hacia la barra a pedir una pinta.
Drancos lo miró con desprecio y desamparo, deseaba saber dónde crecía la hierba pero no sabía cómo, hasta que un oportuno suceso cambió el curso de la situación.
Avistó sobresaliendo del cinto de Kaziak una cruz de plata con el emblema del león de luz utilizado por los monjes para expulsar a los demonios y a otras fuerzas oscuras. Kaziak no era precisamente un creyente. Drancos se levantó rápidamente, le susurró unas palabras a una cortesana que se encontraba bailando y después se dirigió hacia él.
Tienes miedo de algo  dijo Drancos con intención de provocarle.
No pienso contarte nada, déjame Comenzó a beber de la pinta.
¿No serán los muertos? Drancos insistió.
Tus esfuerzos son en vano. Déjame tranquilo o tendré que pegarte unos azotes Kaziak evadía a Drancos con nerviosismo.
Le quitó sutilmente la cruz del cinto con un rápido y habilidoso movimiento de manos, Drancos era entre otras habilidades experto ladrón.
Las buscaré yo mismo se retiró guardándose cuidadosamente la cruz en un bolsillo.
Suerte, si es que consigues algo se despidió Kaziak, jarra en mano.
¿Sabías que los monjes del león de luz hacen peregrinaciones para purgar los cementerios de los muertos vivientes? comentó Drancos antes de irse de la taberna; Kaziak dio un sorbo a la cerveza con nerviosismo—. ¿Cómo podrán quitarse de encima a tan horripilantes criaturas?
Drancos salió de la taberna rápidamente.
La cortesana enviada por Drancos comenzó a engatusarlo con besos y caricias hasta convencerle. Buscó él en sus bolsillos y sólo entonces echó en falta la cruz en su cinto.
¡Maldito hijo de perra! gritó enfurecido.

Drancos desmontó de su caballo y observó el tétrico lugar, olía a muerte y putrefacción. Se adentró empujando las verjas que carecían de cadenas, pues nadie había pisado en mucho tiempo aquel camposanto. Los árboles yacían algunos en el suelo, podridos y llenos de gusanos, y otros a punto de caer con ramas rotas y sin vida alguna.
Caminaba sigilosamente, cruz y espada en manos atento a los gemidos que escuchaba cada vez más cerca de su posición. Me huelen los hijos de..., pensó. Se sobresaltó al oír golpes en el subsuelo, justo en la retaguardia, vio cómo una mano putrefacta se abría paso a través de la tierra. Antepuso la cruz entre él y el cadáver que estaba emergiendo; y quedó asombrado al ver que era de una mujer que todavía resultaba extrañamente agradable a la vista, semidesnuda y de turgentes pechos aún en buen estado. Quedó hechizado y no era consciente de que se acercaba lentamente hacia él para devorar sus entrañas, pero ella no pudo acercarse más, pues la cruz brillaba con luz propia al sentir la amenaza de la muerta, haciéndola retroceder como si menguara su energía.
Drancos reaccionó,  continuó caminando lentamente, sorteando las lápidas y encogiendo los hombros con cada ruido sospechoso que escuchaba. Nervioso, y con todos los músculos del cuerpo en tensión llegó a un mausoleo ornamentado. Observó cómo una luz verde intermitente desprendía destellos desde el interior y atravesaba las rendijas de los portones. Le invadió la curiosidad, ¿podría ser la hierba?; se decidió a abrir los portones, y para su sorpresa, allí se encontraba, entre las grietas de las paredes del mausoleo la hierba Kadra, su extrema semejanza con la hiedra la hacía irreconocible por el día. Rápidamente arrancó varios tallos largos y se los guardó, observó risueño cómo sus pantalones brillaban intermitentemente, esta noche será grande. Dispuesto a volver por donde había venido salió del mausoleo, pero Kaziak estaba esperándole fuera, furioso y con la espada desenfundada.
¿Creías que no iba a darme cuenta? preguntó Kaziak.
Pues... Drancos no supo responder.

Observó cómo detrás de Kaziak se acercaba lentamente un grupo de muertos que habían estado siguiendo el olor a carne viva humana.
Creo que tienes un grave problema a tus espaldas Drancos señaló a los nuevos amigos de Kaziak.
Miró hacia atrás y enfurecido agarró a un muerto por los brazos y lo arrojó hacia Drancos ¡Me cago en tu padre! gritó.
Drancos atravesó con la espada al muerto y con la luz de la cruz lo alejó. Kaziak se abalanzó sobre Drancos eludiendo a los caminantes  y se batieron en duelo de espadas.
¡Esa hierba es mía, me has robado la cruz! Kaziak atacó con fiereza.
¡Y tú has robado la cruz antes! Drancos le respondió.
¡Pero mira quién  lo dice, aquel que me roba delante de mis narices!

Tras varios choques de espadas, continuaron enzarzados en el terrible duelo, tanto que no se percataron de que los muertos los rodeaban. Kaziak blandió su espada con toda fuerza hacia atrás, pero notó cómo se había clavado en la cabeza de un zombi. Intentando sacar la espada del cráneo, Kaziak bajó la guardia y Drancos aprovechó la situación; le arrojó la cruz con fuerza, y le golpeó la cabeza dejándolo inconsciente. Los muertos no se le acercaron  pues yacía en el suelo con la cruz a su lado brillando con fuerza. Drancos corrió como un rayo y consiguió salir del cementerio; aún recuperando el aliento, miró si todavía sus bolsillos brillaban y en su rostro se dibujó una sonrisa que después siguió a una carcajada.


El guardapelo de la reina, Ana Llorca

Sentada en su trono de grisolita, la reina Margot respira al fin tranquila. Durante la semana anterior, todo han sido prisas y carrerones en el Palacio real de Sedrilandia, todo han sido subidas y bajadas del gallinero a los desvanes y del palomar a las cocinas; todo ha sido un bullir de fregonas y lavanderas, pinches y cocineros, maestresalas y chambelanes;  todo ha sido, en fin,  un cúmulo de idas y venidas de un ejército de servidores, afanados en que  suelos, muebles, cortinas, vajillas y demás elementos del regio ajuar estuvieran dispuestos para el gran momento. Hasta la propia reina ha supervisado cuidadosamente la preparación de la fiesta que se avecina. Y es que esta misma noche se celebrará en palacio la Gran Pucherjá, la recepción ofrecida por la monarca al  Muy Honorable Duque de Puchol, su eterno y apuesto pretendiente, que vuelve victorioso de su campaña por tierras transedrinas. Desde que enviudó, hace ya largos años, la reina se ha mantenido firme en su decisión de no volver a contraer matrimonio para poder dedicarse por entero al gobierno del reino, y, sobre todo, para dejar firmemente asegurado el futuro de su progenie: los príncipes gemelos Petrus y Paulus y la dulce princesita Perla. Pero ahora, los príncipes, apodados cariñosamente en todo el reino “los apóstoles”, han sido proclamados oficialmente herederos “ax equo” al trono de Sedrilandia, y la princesita, que hace quince días cumplió los quince años, ha sido prometida, como la tradición manda, con un vástago de la noble estirpe de los Rubiopersé, de la cual su marido fue el más digno descendiente, con lo que la reina considera que ha llegado el momento de dejar de vivir exclusivamente para los demás, y dedicarse al fin a su propia persona. Así que esta misma noche, en el momento álgido de la recepión, después de anunciar el compromiso de su hija, piensa sorprender al Honorable Duque, y con él a toda la corte, otorgándole su mano, cediendo así tanto a los continuos requerimientos de su enamorado, como a las amorosas exigencias que desde hace tiempo su propio corazón le reclama.
Pensando feliz en estas consideraciones, a la reina se le adivina una sonrisilla de medio lado que escapa por debajo de la cañita por la que sorbe el acuanelán, el famoso refresco de canela elaborado en exclusiva para ella con agua purísima recogida en el marmolamello real. Lástima que tal estado de bienaventurado ensimismamiento se vea sacudido por la llegada del Conserjara Real, que entra en el salón del trono con aire preocupado, pero sin perder la compostura que a su dignidad conviene.
         —¡Majestad! —saluda respetuosamente inclinando la cabeza enturbantada—. Con el permiso de Vuestra Majestad, le informo de que, al ir a buscar la Sedrina al Guardarropa Real  para ser ventilada y cepillada con vistas a la ceremonia de esta noche, como Vuestra Majestad dispuso hace unas horas, me he hallado en la desagradable sorpresa de no encontrar dicha prenda, por más que he buscado por todos los rincones posibles.
          —¿Cómo? ¡No puede ser! Vos mismo me asegurasteis que quedó  guardada bajo llave en el Guardarropa tras el último acto real!
         —Así fue, Majestad, pero parece que la cerradura ha sido forzada, y el hecho es que la Sedrina no aparece.
         —¡Pues tiene que aparecer! La tradición manda que la Sedrina, símbolo del poder de la casa real de Sedrilandia, sea portada por el monarca reinante en todo acto protocolario del reino. Sin ella no podré anunciar esta noche el compromiso de la princesa, y por consiguiente, tampoco podré... —Calla de pronto la reina, que por un momento ha estado a punto de desvelar su secreto. Sólo ella sabe que el Duque, harto ya de recibir largas, le dio un ultimátum antes de partir a la campaña: o le daba el sí la misma noche de la Pucherjá, o se iría del reino para siempre. De pronto, una luz de inspiración ilumina su rostro—¿Habéis registrado los aposentos de los príncipes?
         —Precisamente venía a solicitar vuestro real permiso para hacerlo, Majestad —contesta ceremonioso el interpelado.
         —Id, id en seguida, y traedme pronto la feliz noticia del hallazgo del real manto.
         El Conserjara se retira haciendo reverencias, y, apenas la reina ha tenido tiempo de lanzar dos suspiros de preocupación, se presenta de nuevo en la sala. Esta vez su porte es menos solemne, y se observa que el color del rostro es más pálido, a la vez que muestra ladeado el turbante. La reina, que sumida en sus recelos no repara en las descritos signos, lo recibe con un destello de esperanza en los ojos.
         —¿La habéis encontrado ya?
         —Lo siento mucho, Majestad, pero no he podido ni siquiera llegar a los aposentos principescos. Resulta que la pareja de comirenas australianos que adquiríó Vuestra Majestad a precio de riñón real, dicho sea con perdón, para regalar al Muy Honorable Duque con motivo de su exitosa campaña en...
         —¡Abreviad, Conserjara, mirad que no está el horno para bollos! —se impacienta la reina, que cuando la ocasión lo requiere sabe mostrarse castiza.
         —Decía, con permiso de Vuestra Majestad, que los comirenas se escaparon al parecer anoche de su jaula, y han estado desde entones  poniendo huevos, con perdón, en el suelo del Comedor Real, donde se celebrará dentro de dos horas la Cena de Gala. Y conociendo la proverbial fecundidad de estos animales, Vuestra Majestad se hará una idea...
         —¡Pues que los recojan inmediatamente! Y que los lleven a la cocina, tal vez el Cocinero Real nos deleite con alguna exótica receta... —contesta Su Majestad, siempre práctica.
         —Pero es que ...no acaba ahí la cosa, Majestad. Con el permiso de Vuestra Majestad, me atrevo a informarle de que esta mañana los príncipes, vuestros hijos, han entrado en el Comedor montados en sus Rolumines y han entablado una competición a ver cuál de los dos atropellaba más huevos, con perdón, y con los salpicones han dejado el suelo y las cortinas perdidos, como puede Vuestra Majestad suponer.
         —¿Los príncipes pedaleando en los Rolumines que les regaló su augusto padre cuando nacieron? ¡Pero si tienen dieciséis años cada uno!
         —Vuestra Majestad me permitirá decirle que ya sabe que son como niños.
         —¡Lo que son es unos gamberros! —grita la reina Margot, perdido ya el real decoro—. ¡Que los traigan inmediatamente a mi presencia! ¡Y haced el favor  de ordenar que limpien concienzudamente el comedor y pongan cortinas limpias!
         El Consejara se retira con el respeto acostumbrado, y se dirige con premura a cumplir los encargos de la reina, con tan excelentes resultados que, antes de que a esta le hubiera dado tiempo de soltar dos resoplidos de desesperación, se presentan los príncipes ante su madre con aire compungido.
         La reina se dirige a ellos con firmeza no exenta de cariño, y los gemelos, que adoran a su madre y además tienen nobles corazones, acaban confesando que han sido ellos los que, además de organizar la zapatiesta del comedor de gala, se han apoderado de la Sedrina para entregársela al prometido de la princesa Perla, a cambio de tres buenos ejemplares de melones que aquel poseía, ideales para enmelhornar.
         —¿Qué habéis hecho? —solloza la reina, deshecha en llanto— ¿Habéis puesto en peligro la continuidad del reino, sólo por tres medidas de palomitas de melón?  ¡A saber con qué oscuras intenciones el que ha de ser vuestro cuñado desea poseer el manto que inviste nuestra dignidad real! ¡Ay, si vuestro pobre padre levantara la cabeza!
         —No lloréis, madre —dicen los dos, conmovidos, a coro—, nosotros somos los responsables de esta situación, y nosotros la resolveremos. Le daremos los melones al joven Rubiopersé, y el nos devolverá la Sedrina.
         —¡Pero deprisa! La hora de la recepción se acerca —gime la soberana, que cada vez ve más lejana la posibilidad de su deseado himeneo—. Y vos, Conserjara, haced venid al prometido de la princesa enseguida, de grado... o por la fuerza!
         —A ver cómo nos las arreglamos ahora —cuchichea Petrus a Paulus mientras salen del salón—, supongo que el Rubiopersé no querrá deshacer el trato.
         —Máxime teniendo en cuenta que los melones los enmelhornamos hace un rato y de las palomitas no hemos dejado ni rastro —contesta Paulus—. ¡Vaya lío! ¡Como no nos inspire el Espíritu Santo!
         —¡Exacto! Vayamos a la Cantina Real y echemos un traguito de bocardiente. Si a los Apóstoles les ayudó a recibir su inspiración en forma de lengua de fuego, ¡no veo por qué no nos puede ayudar a nosotros que somos apóstoles también!
         Y los dos hermanos se dirigen alegremente hacia la cantina de los guardias, olvidados ya sus nobles propósitos.
         Mientras tanto la reina ha abandonado el trono y ha empezado a pasear nerviosamente de una punta a otra del salón. Dirige su vista a la entrada cuando oye pasos, y halla que se acerca su hija, la princesa Perla. Apenas han tenido tiempo para saludarse cuando entra  el Conserjara, esta vez en tal estado de agitación, que ni la misma reina puede dejar de percibirlo.
         —¿Qué os sucede, mi buen Conserjara? ¿Por qué teneís el rostro tan encendido? ¿Y por qué usáis el extremo de vuestro turbante de uniforme para enjugaros el sudor?— le pregunta, obsequiosa.
         —Majestad mía, digo Vuestra, vengo deprisa para comunicaros que tanto la Sedrina como el joven Rubiopersé han sido hallados
         —¡Bendito sea San Sedrín, patrón del reino! Al fin se aclaran mis temores y mis dudas. ¿Y cómo y dónde han sido hallados?
         —Eso es lo espinoso del tema, Majestad, si se me permite decirlo. Unos mozos de cuadra, al entrar en el último establo, vieron un extremo de la Sedrina sobresalir de  un montón de paja, lo cual constituiría una buena noticia, si no fuera porque al tirar de la manta, digo del manto...hallaron al Rubiopersé bajo el palafrenero real, ambos sin calzones, y en actitud, ¿cómo diría? —Mira azorado el Conserjera a la princesita, que asiste a la conversación con mirada cándida.
         —¿Mi prometido con el palafrenero? ¡No puede ser! —estalla ésta asombrada— ¡Qué traidor!
         —¡Pobre niña! —se apresura la reina a abrazar a su hija.
         —¡Pero si ayer mismo le juró amor eterno al sobrino del Primer Chambelán! —concluye la princesa meneando su linda cabecita.
         —Pero, hija ¿tú sabías que tu prometido...?
         —¡Lo sabe todo el reino, madre!
         —Pero entonces, no puedes casarte con él!
         —¡No sabes cuánto me alegro! —contesta Perla—. Yo no puedo soportarlo a él, ni él a mí —Y añade reprimiendo una sonrisa cómplice—. ¡No me extrañaría que haya intentado esconder la Sedrina para evitar el compromiso!
         —¡Pues lo ha conseguido! ¡Nos quedamos sin boda! —lamenta Margot al borde de las lágrimas.
         —No te preocupes, mami! Tal vez no haya que suspender la boda, sino sólo sustituir al novio... —deja entonces caer la princesa.
         —Ah, ladina. ¡Tú quieres a otro! ¿Quién es?
         —Es el capitán de la guardia del Duque. No tiene fortuna, pero es valiente, guapo y bueno.
         —¿No es ese el que obtuvo el título de mejor monclavero en las últimas fiestas patrias? —dice la reina, que según dicen siempre ha tenido buen ojo para clasificar pantalones.
         —El mismo, mami querida
         —Pero, ¿es Rubiopersé? —pregunta la reina sin muchas esperanzas.
         —Aunque no lleve el apellido debe de serlo, porque tiene una bonita cabellera rubia, y ya sabemos que los únicos rubios del reino son los que pertenecen a ese linaje.
         —Bien, todo resuelto entonces. Démonos prisa en ataviarnos. Esta misma noche se anunciará el compro...
         —Permítaseme terciar —tercia el Conserjara—, pero Vuestra Majestad sabe que el pretendiente  a casarse con la princesa debe ser autentificado como rubio per se, mediante la prueba del Rubitén.
         —¡Maldito Conserjara! —Piensa la reina—. Con tanto rigor protocolario, nos va a dejar a mí y a mi hija para vestir santos—. Bien, en cuanto llegue el Capitán que le corten un mechón del cabello y ¡ya veremos si el Rubitén cambia de color a su contacto, como sucede siempre ante los rubios de bote! Pero mientras, vayámonos preparando para la recepción, pues ya falta menos de media hora, y no sé por qué, pero a mí me dice el corazón que el capitán pasará la prueba—añade mientras se lleva la mano al guardapelo de oro que luce en el pecho desde que murió su marido.

Atrás ha quedado la Cena de Gala, donde ha triunfado la ingeniosa conversación de los inspiradísimos “apóstoles”. El gran salón del reino brilla ahora con la luz de miles de velas a medio consumir. Entre ellas, los rostros de Perla y Margot relucen más que  ninguna, iluminados por el arrobo del amor y el ejercicio del baile. Declarados ya ante la corte sus respectivos compromisos, distinguen a sus prometidos con  gestos cariñosos. La reina muestra orgullosa  en una mano el abanico de pedrería que como prenda de amor le ha regalado el Duque.
         Con  la otra, aprieta contra su pecho el guardapelo donde ha vuelto a guardar el mechón de cabello que cortó hace tantos años a su marido muerto, el mechón más rubio que haya podido verse jamás en un Rubiopersé.