Google+ Taller de Escritura Creativa de Sevilla: marzo 2014

Las innombrables, por Manuel Peña Carretero

Los sentidos se comunican con la corteza cerebral haciendo algunos altos en el camino. Entran las sensaciones, encuentran rápidamente sus neuronas favoritas, se acomodan en la corriente eléctro-química y se dejan llevar camino del lugar en el que habrán de obtener su certificado de “cosa que ha ocurrido”, “estímulo real”, etc. Pero, habitualmente, este lugar no se halla exactamente en la corteza. Antes hay que detenerse, algo así como una tetrallonésima parte de un segundo, en las “garitas” de control que son algunos nódulos neuronales, desde los que cada sensación es autoritariamente dirigida al lugar preciso de la corteza, desde el que se nos informa que acabamos de sentir algo real. Esto ocurre con todos los sentidos, que son las puertas que la mente tiene abiertas al mundo de ahí afuera. No con el olfato.

Existe un camino labrado por una serie de neuronas rebeldes, que va directamente desde la abertura del órgano del olfato -narices- hasta el lugar que tiene reservado en exclusiva en la mismísima área frontal de la corteza. No hay interrupciones -ni tan solo de una trillonésima parte de segundo-, el olfato huye de los típicos pelmas que siempre tienen un motivo para detenerte en tu camino y contarte algo, preguntarte por tu salud, o aconsejarte acerca de lo que debes hacer o hacia dónde deberías dirigirte: nada. Línea directa. Del plato de estofado al lugar justo de la corteza, en el que ya es placer; desde las ingles de tu novia hasta las fantasías más tórridas. Ya. Este camino se llama tracto olfativo. Y es la estructura más antigua de las que forman el encéfalo humano. También hay quien lo llama cerebro reptiliano, porque está ahí desde que éramos poco más que iguanas o salamanquesas.

Por eso mi olfato tiene mucha más capacidad evocadora que cualquiera de mis otros sentidos. Con casi 60 años, soy capaz de percibir y de identificar sin error aquellos olores que me acompañaron cuando era apenas un niño: la hierba fresca y calentada por el sol, el aliento pesado y violento de mi padre, el perfume de mi primera novia... También los vasos de leche y las cucarachas.

Esperando, por las mañanas, el momento de salir hacia el colegio, me hacia sentar mi madre en la diminuta cocina y me ponía un vaso de leche caliente, encima de la mesa, junto a un pedazo de pan tostado. Eran tiempos en los que nadie adquiría leche embotellada. Yo mismo acudía, lechera en mano, todas las tardes en busca de la leche fresca para la familia. En alguna ocasión rarísima, he tenido, siendo ya todo un adulto padre de familia, la oportunidad de captar el olor de la leche hervida, cuando -de excursión a algún pueblo perdido- la leche viene directamente del establo. En ese momento, sin necesidad de información adicional, he vuelto a ser aquel niño sentado en la cocina, con el vaso tibio entre las manos... ¿Cómo describir la náusea? ¿Cómo explicar la corriente de pavor, de fóbia, que me invade en dichos momentos?

Solo aspiro a la comprensión profunda de aquellos que comparten conmigo el horror a las cucarachas. La contemplación de uno de estos insectos -a veces, la mera intuición de su presencia-, desencadena en mi organismo respuestas indeseables, como abundancia de sudor frío, temblor en los miembros, alteración de la respiración de forma alarmante, bloqueo del habla... Pánico cerval. Juro que, en dichos instantes, preferiría encontrarme ante una pantera furiosa, en lugar de una (innombrable) cucaracha.

Vuelvo a la cocina de mi infancia. Se trataba de una humilde vivienda, que debía ser compartida por una familia muy numerosa. Ningún lugar para la intimidad individual. ¿Dónde leer por las noches? ¿Dónde sentarse a realizar las tareas escolares? ¿Y el disfrute, a solas, de mis tebeos?: a la cocina.

Y allí estaban ellas. Las cucarachas.

En los primeros tiempos, aun era capaz de soportar la visión de las innombrables circulando con descaro por las baldosas debajo del fregadero. Me limitaba a recoger mis piernas huesudas, cubiertas hasta las rodillas con los pantalones cortos, tratando de hacerlas desaparecer bajo la mesa. Algo de temblor ya surgía por aquel entonces. Y el miedo a que alguna innombrable modificase de pronto el sentido de su marcha para dirigirse a uno de mis zapatos, me paralizaba y me impedía, por supuesto continuar con lo que estaba haciendo. Ya no leía con claridad el párrafo, ni el Capitán Trueno se movía entre sus viñetas con la audacia y el valor de siempre. Era como si también él -el Capitán- de pronto se hubiera puesto a vigilar el comportamiento de las innombrables. El Infierno abría todas las noches una rendija para enviarme aquel ejército de monstruos diminutos e inmundos.

La situación que sirvió para forjar el ancla de terror, que jamás se ha soltado del fondo de mi mente sucedió aquella mañana, en la que yo me hallaba más soñoliento de lo normal. La noche anterior, leí las aventuras de Trueno con verdadera fruición y luego tuve que atender a los ejercicios de matemáticas. Un desastre, que trajo consigo incluso una bronca de mi padre, a causa del consumo de luz eléctrica. Así que, antes de que la bronca pasara a mayores, corrí hacia la habitación que compartía con mi hermano mayor. O, al menos esa fue mi primera intención, porque algo me detuvo y me convirtió en estatua, antes de alcanzar la puerta de la cocina. Justo desde el centro del vano, una innombrable de tamaño descomunal me contemplaba, hierática y con sus antenas repulsivas completamente dirigidas hacia mí. Debía de ostentar algún tipo de jerarquía con respecto a sus compañeras: su tamaño, el brillo de su cuerpo, la longitud de las antenas... todo era mucho más amenazante y rotundo que en las demás. Lentamente, fui moviendo mis pies para alcanzar la puerta. Tan lentamente como La Gran Innombrable fue girando, primero las antenas y luego todo el caparazón para no perderme de vista. En aquel momento de miedo -ya entonces bastante incontrolable- estuve convencido de que aquella criatura espantosa era capaz de pensar y se estaba burlando descaradamente de mí. Aún así, cerré los ojos y, en un sorprendentemente ágil movimiento, conseguí saltar por encima del monstruo, a la vez que accionaba el interruptor de la luz junto al marco de la puerta y corría despavorido a meterme en la cama con mi hermano.

Soñoliento, decía, percibí el aroma de la leche caliente del vaso que me esperaba en la mesa de la cocina. Olor inconfundible, como decía, incluso hoy. Con los ojos apenas abiertos y algo pegajosos, me senté frente al vaso y lo tomé para acercármelo a los labios.

Y allí estaba ella.

Flotando en el centro, con las antenas surgiendo del blanco de la leche, como periscópios flexibles, a través de los cuales, posiblemente continuaba burlándose de mí.

Así que, os lo ruego, no acerquéis nunca un vaso de leche caliente a mi nariz.

El TEC certifica que este vaso de leche fotografiado no estaba caliente.

Mara Cartier vuelve a las andadas: sexo, drogas y rock&roll con una pizca de amor cañero

Noemí Vallecillos e Israel Pintor

Y ya que estamos, les comparto un notición. Estoy muy contento porque al Taller de Escritura Creativa vuelve una autora que ha hecho historia junto a nosotros. Noemí Vallecillos formó parte de la primera generación que nació en septiembre del año 2010. Desde entonces ha ido consolidando una voz narrativa sin duda atractiva, singular y francamente adictiva. Vallecillos se interesa por temas como el amor, la autodestrucción, la vocación profesional, la dependencia o el sexo. Su prosa nos permite acercarnos a la representación de una Sevilla muy individual, una Sevilla decadente vista desde la perspectiva de la inigualable y seductora Mara Cartier, el personaje, alterego de la autora, protagonista de la novela que actualmente escribe con el apoyo del Coaching Literario.
Recomiendo mucho la lectura de algunos de sus relatos: "El nudo", "La bolsa" o "Carta para un crítico", todos están también incluidos en nuestra más reciente antología Cada quien su cuento.
Con suerte dentro de algunos meses Noemí nos pueda compartir la noticia de que ha terminado el primer borrador de su novela. De momento ya podemos ser testigos de su dedicación. ¿No les encanta fisgonear entre los apuntes de un escritor?, ¿conocer así, aunque sea un poco del funcionamiento de su mente y la naturaleza de su proceso creativo? Esquemas, notas y más esquemas. El trabajo del narrador, no me canso de repetirlo, es como el de un relojero suizo. Hay que hacer que todas las piezas encajen y encajen a la perfección. Ahí queda. ¡Bienvenida a casa, Noemí, otra vez!
Israel Pintor.

Apuntes de la novela que actualmente escribe Noemí Vallecillos.

Supervivencia, autorrealización y familia: conceptos clave en la novela que actualmente escribe Agustín López Raya

Esta es la segunda temporada de Agustín López Raya en el TEC. Este narrador con formación profesional en periodismo y una amplísima experiencia laboral en muy diversos ámbitos empresariales trabaja, actualmente, en la escritura de su primera novela a través del Coaching Literario. Ha dedicado la primera temporada del coaching a delinear con precisión los planteamientos generales de la historia que desea contar, así como a escribir los borradores de los primeros capítulos. Ahora Agustín, más seguro de la obra que compone, en la que profundiza en temas como la supervivencia frente al diagnóstico de desahucio o la autorealización personal que afecta las relaciones familiares, se ocupa de construir una estructura adecuada y para ello ha recurrido a la estrategia clásica del corta y pega: argumentar mejor a veces requiere tijeras y fiso. ¿El resultado? Un simpático chorizo de fragmentos de capítulo que articula el primero de la novela. Compartimos una foto, ahí nomás para que sepan, si no lo sabían ya, que escribir narrativa no es como hacer patatas fritas.

Agustín López Raya.

Arturo Prada: ganador del segundo concurso para entrar gratis al Taller de Escritura Creativa de Sevilla

Me complace compartir con los lectores y seguidores del TEC que el ganador de la vacante que se ofertó para entrar gratis a cualquiera de los cursos, durante la temporada primavera 2014, es Arturo Prada, quien consiguió llamar mi atención haciendo gala de su intensa capacidad creativa y componiendo una pieza de prosa narrativa muy destacada (pronto se publicará en este blog). 

Arturo Prada
Arturo es poseedor de una retórica nutrida, de un estilo joven, directo. Actualmente trabaja en la escritura de una novela de corte fantástico que, definitivamente, consiguió sembrarme curiosidad; las ganas y predisposición de Prada por continuar su formación en el terreno de la escritura creativa supieron convencerme. Eso y que el muchacho demostró, con cada letra escrita, que lleva la vocación de narrador en las venas: no se la escapado ni una sola tilde, ni un punto, ni una coma. Vamos, que se toma en serio su trabajo.
Deseo que su incursión en el TEC sea enriquecedora. En un momento previo me dejó saber que tenía inquietud por formar parte del grupo que conforme el curso avanzado y así será. Es un gusto para mí tenerte en el taller. Me interesa conocer de cerca tu trabajo y formar parte de tu crecimiento y consolidación como escritor. ¡Bienvenido, Prada! 
Israel Pintor.