Google+ Taller de Escritura Creativa de Sevilla: El donante, por Francisco Argüelles

El donante, por Francisco Argüelles

Teresa y Aníbal aguardaron los resultados de los estudios clínicos. Aníbal estaba adusto y con un vaivén en las piernas. Teresa lo observó con esperanza y le apretó la mano tiernamente.
—Les tengo excelentes noticias, Teresa. Tú y Aníbal son compatibles para hacerte el trasplante renal. Claro, si Aníbal está de acuerdo —dijo el médico
Teresa y el doctor fijaron la mirada sobre Aníbal. Él se quedó callado.
—Deben decidir pronto. Toma en cuenta, Aníbal, que el problema de Teresa es grave y la lista de pacientes es larga, si es que deciden esperar por el riñón de otro donante. Es vital que se le haga el trasplante.
—Programe la operación, doctor —contestó Aníbal.
—Muy bien, entonces en un mes será. 
—¿Y es peligroso el trasplante para ambos, doctor? —preguntó Aníbal.
—Tiene sus riesgos, como todo proceso quirúrgico, pero puedo decirte que el porcentaje de éxito es más del noventa por ciento.
Aníbal asintió sin parpadear mientras apretaba la mandíbula.
Fue después de que el médico confirmó el trasplante que Aníbal tomó en serio el asunto. Había deseado no ser el candidato para donar el riñón a Teresa. Pensó que se libraría de la responsabilidad y podría seguir con ella al menos hasta que encontrara otro donador y le hicieran la operación. Pero el destino dictó lo opuesto. Se sintió asfixiado y sin opciones. Teresa no tenía amistades en la capital. Provenía de un pueblo donde vivía junto a su madre, que también estaba enferma.  

En su trabajo, ninguno de los compañeros a los que Teresa confió su problema, tuvo el atrevimiento de ofrecerse como donante o ayudarle a buscar uno. Las amigas de su pueblo estaban casadas y tenían hijos. Nunca correrían el riesgo de una operación de trasplante en nombre de la amistad.

—¿Estás loco, Aníbal? Por favor deja a esa mujer. ¿Por qué no le pide a algún familiar que le done el riñón? ¿Verdad que no quieren? No son tontos como tú.
—No puedo dejar así a Teresa, mamá.
—No te jodas la vida. Tú no sabes si vas a estar con ella siempre. Puedes conocer a otras mujeres de tu edad. Se está aprovechando de ti porque eres más joven. ¡Te puedes morir!
Entonces Aníbal consideró hablar con Teresa. Quiso explicarle que no estaba preparado, que su familia se oponía. Pero no podía demorarse, era una cuestión de meses, de vida o muerte. Le pesó imaginarse la escena: Teresa agacharía la cara con las lágrimas a punto de estallar  pero finalmente se mostraría comprensiva. Él luciría monstruoso.
Ella es noble, me quiere. ¿Y yo? –pensó.
La conoció en el comedor de la universidad. Él era un profesor y ella era una de las secretarias del departamento de ingeniería. Teresa le coqueteó con una sonrisa y un ligero levantamiento de nalgas. Lo encandiló con su escote pronunciado, piel morena y sus piernas gruesas, que le parecieron dulces y duras como caramelo macizo.
Maldijo que Teresa enfermara, que se marchitara, que le hubiera tocado a él esta etapa de la su vida. Su plan era perfecto: disfrutarla unos meses, cogérsela hasta hartarse y después decir adiós para comenzar con la siguiente. Teresa era una mujer madura, no se imaginaba con ella para siempre. Aníbal ya estaba en la última etapa de su plan porque había conocido a Melissa cunado Teresa fue diagnosticada. No se asumía tan canalla como para dejar a Teresa en ese momento crítico.
Pinche suerte perra, pensó. Ni modo, tengo que ayudarla. Puedo vivir con un riñón y además el médico ya me confirmó que nada me va a pasar. Melissa no tiene por qué saberlo, intentó convencerse.

La pareja llegó al hospital a internarse un día antes de la operación. La sala de espera estaba saturada de enfermos. Aníbal percibió un olor penetrante a medicinas que le incomodó. Sintió nauseas cuando vio a un hombre descalzo en el suelo que tenía en las piernas unas llagas y ámpulas rojas a punto de explotar. Después se pasmó al ver en un pasillo a una persona con un pequeño agujero en el estómago que mostraba algo blanduzco y grisáceo Es el intestino, así voy a andar yo: con un hoyo en la panza, pensó.
Se registraron en la recepción. Una enfermera les preguntó sus datos y después les pidió que la acompañaran al segundo piso. Ahí el médico les explicó que para llevarse a cabo el trasplante, debían firmar la hoja del consentimiento. Cuando Aníbal firmó, el papel se le quedó pegado en la mano debido al sudor. Teresa, al darse cuenta lo abrazo por la espalda y recargó la cabeza sobre su hombro.
—No tienes que hacerlo si no estás seguro. No te preocupes, entiendo que no es una decisión fácil.
—No digas tonterías. Claro que quiero y sabes que lo hago porque te amo, tonta. —Aníbal esquivó la mirada de Teresa.
La enfermera señaló sus habitaciones, separadas tan solo unos metros en el mismo pasillo. Se despidieron y besaron varias veces. Aníbal la abrazó fuertemente. Después se dirigió a su habitación cargando con esfuerzo una maleta llena con mudas de ropa. Se acordó de lo que su madre le había aconsejado. Antes de cerrar la puerta, Aníbal envió un beso a Teresa, que lo observaba desde la puerta del otro cuarto.
Para Aníbal era evidente que Teresa estaba intranquila pero confiaba en que todo saldría bien. No le había dicho nada a su madre para no preocuparla. Nunca se enteraría por lo que estaba pasando gracias a Aníbal. ¿Se estará pensando que luego nos vamos a casar y todo?, se preguntó Anibal mientras se despojaba de sus ropas. Me consentirá, seré su rey. Después de esto no podremos estar más unidos. Si al final va a ser que la quiero de verdad, que esto es la prueba defintivia. No cualquiera dona un riñón. ¿Eso voy a decirle? ¿Esto estoy diciéndole? ¿Y mi plan?
            Aníbal se recostó en la cama. Enseguida se incorporó. Estaba inquieto. Sintió vértigo hasta en las pantorrillas. Se asomó a la ventana, pensativo. ¿Y si salto por la ventana? No esta tan alto… ¿Y si hablo con Teresa? ¿Y si le digo que no quiero joderme la vida, que se busque a otro, que ni modo, que así es esto? ¡Tonterías! Estúpido. Tú vas a demostrar que Aníbal Pérez tiene honor y que es un hombre ante todas las adversidades. Y ahora será un hombre sin riñón. ¡Sin riñón! ¡Chingao!
Aníbal trató de tranquilizarse. Un enfermero vino al cuarto para darle indicaciones y una bata. Debía descansar y relajarse. Se acostó y puso a ver la televisión. Movió las piernas de manera inconsciente. Empezó la duermevela. Se le vinieron imágenes de Teresa: riendo, seductora, enferma, muerta. Pidió al enfermero que le diera una pastilla que lo ayudara a dormir. Soñó que estaba en un cuarto obscuro y que Teresa y el médico estaban comiéndose su riñón sobre una mesa alumbrada. Lo invitaban al festín. Se despertó horrorizado. Era madrugada. Se levantó y corrió hacia la puerta de la habitación.
Podría largarse a otra ciudad y comenzar una vida nueva. Se imaginó que en la universidad dirían que era poco hombre. ¿Y Melissa? Si moría jamás se la cogería. ¿Y la madre de Teresa? Le debastaría la muerte de su hija. ¿Y su propia madre? ¿Y su familia? Si la operación sale mal, o lo sacan en ataúd del hospital o queda discapacitado y dependiente para siempre y por siempre, amén, pensó.
—¡Pucha! ¿Qué hago? —exclamó mientras se jaló el cabello y se golpeó con un puño en la cabeza.

Teresa fue sacada en camilla. Dos enfermeros se detuvieron enfrente de la habitación de Aníbal para recogerlo. Estaba sentado en la cama, tenía los ojos hinchados. Le pidieron que se acostara en la camilla. Aníbal accedió desconfiado. En el trayecto al quirófano, sintió un miedo terrible, ese que pellizca estómago y piernas. Su orina caliente le mojó los muslos. Levantó la cabeza para ver la mancha que marcaba la bata. Uno de los enfermeros lo observó con extrañeza. Aníbal le devolvió una mirada saturada de angustia.
—Más vamos a tardar en entrar que en salir, no se preocupe, señor —dijo el enfermero.

Salida, leyó en un letrero rojo colgado al fondo del pasillo.

Francisco Argüelles es autor de otros cuentos publicados en este blog. Estos cuentos fueron escritos
durante el curso de un ciclo de Coaching Literario. Francisco vive en Texas, USA, donde estudia el doctorado.